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Crónica del concierto de The Weekend en Madrid

Los nuevos ídolos caerán… rendidos a The Weeknd

Hace calor. Tanto, que alguna persona tiene que ser atendida por desmayo. Tanto, que el Cívitas Metropolitano se ha convertido, bajo una calima bochornosa, en invernadero gigante. Tanto, que la sesión de Kaytranada parece derretirse y desparramarse sobre la pista después de una fiebre psicodélica mientras los bajos –más reptantes que contundentes; hipnóticos y diluidos– intentan hacer de colchón. Tanto, que los temas de su reciente disco con Aminé parecen fundirse en la misma masa informe con “Kiss It Better” (Rihanna). Tanto, que Abel Tesfaye, cuando aparece sobre las tablas a eso de las nueve y media de la noche, entre las calles de la Gotham que desde hace tiempo gobierna y arrullado por los cantos anunciadores de “Dawn FM” (2022), amenaza con despojarse del chaleco antibalas. No lo hace pero, total, no iba a necesitarlo, como no necesita su túnica de Doctor Doom ni su pie de micrófono sacado de “Diablo” o de “Baldur’s Gate”. Desde el minuto uno, después de la escalera de caracol sintética y el primer grito de “Take My Breath”, The Weeknd tiene a la Metrópolis completa rendida a sus pies. Cualquiera de los allí convocados, durante las siguientes dos horas, podría hacer cualquier cosa por él.

Y lo sabe. Su concierto va sobre la idolatría, de hecho, y funciona dentro de un universo atomizado de héroes y villanos. Él, centro del mundo y figura principal junto a una estatua robótica que parece unir a Daft Punk con la imaginería de la mítica película de Fritz Lang y que está sacada del vídeo de Hajime Sorayama para “Echoes Of Silence”, le recuerda a las masas su grandeza. Y un descomunal equipo de bailarines que realmente son mitad orantes en procesión mitad guardia pretoriana, envueltos en túnicas y con rictus de oscura solemnidad, recorren la pasarela gigante que vertebra el césped a la luz de una luna hinchable debatiéndose sobre el ídolo al que adorar. Los bajos, ominosos y apocalípticos, le dan a todas las canciones un aire de ritual retrofuturista. Y los sintetizadores braman como máquinas arrasando la poca tierra que queda. La pintura que dibuja The Weeknd en este “After Hours Till Dawn Tour” es la de un mundo en colapso ahí fuera, más allá del espacio y el tiempo, pero sobre todo la de una ciudad rica y al mismo tiempo putrefacta aquí dentro, gobernada por un farsante.

Oculto tras la máscara de MF DOOM y vaciando un cargador de fusil hasta arriba de temones, durante la primera hora descansa más sobre pregrabados y juega con su sombra, haciéndose los coros en “Can’t Feel My Face” o dejando que sea la gente la que conduzca con sus gargantas “The Hills”. Pero no es más que un juego, un trampantojo. Poco a poco The Weeknd ha lanzado su embrujo, o las ondas de radio emitidas por la estatua empiezan a hacer su efecto de control mental, y te ha capturado en su bucle infinito. Un viaje ciberespacial de hedonismo y drama conducido por maquinarias electrónicas, una ciudad distópica convertida en un club colosal.

Las pulseras de los invitados a la ceremonia brillan con sutileza: parece que todo está cubierto de purpurina, de polvo metálico, de polvo de estrellas. El fuego ruge y acalora aún más el ambiente: suena “Heartless”, “Metro Boomin turn this ho into a moshpit”. Y empiezan las baladas y la voz de Tesfaye se despierta, demostrando, ahora sí, todo su potencial; la visten columnas de luz y todo un skyline de peña emocionada. Se quita la máscara y se acerca al público en plan mesiánico. Le canta sus penas, realmente, y ellos escuchan y repiten, ahogando la voz de sus fantasmas. Sugiere temas antiguos como “Kiss Land” y lo conecta todo con bases de trap clínico, afilado y preciso como un bisturí, con fantasías tenebrosas y con delirios de grandeza y de ciencia ficción. Sus subgraves, Burial a lo bestia y de esteroides, entran por la boca del estómago y se te suben rápido a la cabeza. Marean, impactan, enganchan. Y eso que The Weeknd no eligió, como Rosalía, la vía del ruidismo para encasquetar su caballo de Troya a las masas.

Su camino fue, es, el del colapso cibernético, un escenario casi posnuclear en perfecto equilibrio con las joyas pop de “Starboy” (2016), que sirven para ir marcando las distintas fases del espectáculo y para dejar que la banda se luzca. Mike Dean, que había iniciado el calentamiento previo al concierto con un psicodélico set de sintetizadores y vocoder, fantasea en la sombra, moviendo los hilos como el fantasma de la ópera, pero en “In Your Eyes” sale a arrancarse con el saxo. Y “Blinding Lights”, contra todo pronóstico, porque mira que es básica y mira que está trillada, crece en directo por el fervor con que todo el mundo, encima y debajo del escenario, la interpreta; deja de ser la típica canción para confirmarse como history in the making y, poca broma, la razón por la que The Weeknd ha alcanzado la liga de los estadios –superando ya a Michael Jackson con el tour más grande que jamás haya hecho un artista negro–. Su show podría tacharse de parco para tamaña escala, sí, pero es precisamente esa resistencia perpetua lo que lo pone en otro nivel. En lugar de complacencia, comodidad o conformismo, en lugar de idolatrías, Tesfaye se ofrece a sí mismo como una orgía de falsos ídolos echados a arder en la hoguera del margen más popular del mundo.

Su historia, la vuelta al espacio en ochenta juergas que narra en los dos discos que ponen la percha de esta gira, se puede seguir desde la torre de marfil, pero es una epopeya que también repta bajo las profundidades del experimento pop. Y es ahí –a lo largo de capítulos magistrales como “House Of Balloons”, con esos sintetizadores industriales en despresurización; ese baladón a gritos, maldito y perturbador, que es “Call Out My Name”; “After Hours”, en la que por un momento el garito de turno parece la guerra de los mundos y su pulsión progresiva; o una grandfinalísima “Moth To A Flame”, con la que es imposible no saltar por los aires– donde The Weeknd deja de ser el villano para, por un momento, y quizá sin dejar de serlo, convertirse en el héroe de la película. Así que, “ahora, Zebediah Killgrave... ¿Quién merece gobernar?”.


Crónica por Diego Rubio || Foto: Live Nation

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