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El caso de Scooter Braun y las estrellas del pop

Mánagers y sus malas praxis

Ariana Grande, Eminem, Demi Lovato o Justin Bieber: todas ellas son personalidades con las que se ha codeado Scooter Braun, uno de los muchos mánagers que empezó en la cumbre para caer en picado durante los últimos años. El estadounidense, que ganó un Premio Grammy en 2016, es CEO de la compañía SB Projects, de la que forman parte empresas como Schoolboy Records, SB Management, Sheba Publishing y RBMG. Con ellas, Braun toca los palos más importantes de la industria musical: el sello discográfico, la agencia de management y la editorial.

A la par que fundaba SB Projects, Braun descubrió a Justin Bieber cantando una versión de Ne-Yo en un vídeo de YouTube, cuando el canadiense tan solo tenía 12 años. El mánager se dedicaba, en sus años universitarios, a organizar fiestas y otro tipo de eventos, hasta que en 2002 fue contratado para gestionar las after parties del “Anger Management Tour”, gira de los raperos Ludacris y Eminem: el pistoletazo de salida necesario para que Braun comenzara a codearse con las personalidades más influyentes de la industria. Cinco años más tarde, el rapero Usher, ejecutivo en L.A. Reid, fue el que ayudó a Braun a impulsar la carrera de Bieber. Así, en 2013 ya era el representante de Ariana Grande y, poco a poco, construía un pequeño imperio al que también pertenecerán J Balvin, Kanye West, Carly Rae Jepsen, The Black Eyed Peas o PSY.

Para Scooter, todo parecía ir como la seda hasta el año 2018, cuando Taylor Swift rompía su contrato discográfico con Big Machine Records. En consecuencia, Swift perdía todos los derechos de la discografía publicada con dicho sello: a saber, todos sus álbumes publicados antes de “Lover” (Republic, 2019). En Estados Unidos la Ley de Propiedad Intelectual no funciona como en España: mientras que aquí tenemos unos derechos morales que son únicos e intransferibles (en líneas generales, el artista tiene la última palabra sobre dónde puede sonar su música aunque posea un 0% de los derechos de explotación), la ética del sueño americano no contempla que los temas pertenezcan inherentemente a su artista. Es por este acontecimiento por el cual Swift está dedicándose a regrabar toda su discografía bajo el subtítulo de “Taylor’s Version”, y poder así volver a ser la dueña de sus creaciones.

¿Cuál es el papel de Braun dentro de toda esta trama? Lo cierto es que ambos nunca se han llevado muy bien. El 13 de septiembre de 2009, cuando la cantautora recogía su premio a Best Female Music Video (por el tema “You Belong With Me”) en los VMAs, Kayne West subió al escenario, le quitó el micrófono y afirmó que Beyoncé se merecía el premio más que ella, cuando Swift tan solo tenía 19 años. Por aquel entonces, Braun no era el representante de West (eso sucedería en 2016) pero se llevaban bastante bien. Aun así, Scott Brochetta, director de Big Machine Records y conocedor de la rivalidad que existía entre el representante y la cantautora, le vendió todos los derechos de Swift a Braun pese a que esta hablaba de “acoso manipulador” cuando se refería al modus operandi de aquel. Las swifties, que son prácticamente igual de entregadas que las k-poppers, han dejado masivamente de escuchar los masters antiguos de la cantante para centrarse solo en los nuevos. Así, Braun pecó de arrogante no solo por errar en su intento de monetizar la carrera de Swift, sino porque tras aquel incidente, todos sus artistas comenzaron a dejar de trabajar con él. Hablando de k-Pop, en 2021 vendió SB Projects a Hybe, la compañía coreana que representa a BTS, para ser nombrado este mismo año CEO de Hybe en América.

Aunque las trifulcas con Taylor Swift han sido mundialmente conocidas, se desconocen los motivos por los que el resto de artistas han roto su relación profesional con Scooter Braun. Hace un mes, el mánager volvió a ser noticia por la ruptura del contrato con Ariana Grande, si bien aún no se saben los detalles sobre su separación. Además, aunque solo son rumores, los medios de comunicación afirman que Justin Bieber está buscando una nueva agencia de MGMT.

En cualquier caso, no se trata del primer mánager que ha sido tildado de leonino. En 1965, Allen Klein comenzó a trabajar dentro de la crew de The Rolling Stones, para tan solo cinco años más tarde declarar las cuentas del cuarteto en bancarrota con una deuda de varios millones de libras. Al igual que Braun, Klein compró todos los derechos editoriales de las canciones de la banda publicadas hasta 1971, aunque éstos los volvieron a recuperar en 2002. Como anécdota, The Beatles también denunciaron por fraude a tal mánager.

También Albert Grossman, conocido por representar a Bob Dylan, se quedaba con el 50% de los derechos de autor de sus canciones, gracias a una cláusula de dudosa legalidad que el jurado falló más tarde a favor del cantautor. Por su parte, el mánager de Bruce Springsteen, Mike Appel, denunció al Boss cuando éste cambió de representante con la salida de “Born to Run” (Columbia, 1975). ¿El resultado? Springsteen fue obligado a cederle los derechos de explotación de sus dos primeros discos.

El equilibrio entre los tres poderes

Tal y como mencionábamos al comienzo del artículo, y para todo aquel que no esté muy familiarizado con los entresijos de la industria musical, ésta puede dividirse en tres bloques diferenciados: la agencia, el sello y la editorial. Y, como los tres poderes del Estado (legislativo, ejecutivo y judicial) cuando más separados estén, mejor: los casos anteriormente mencionados cayeron en conflicto por revolver demasiado entre ellos. 

La agencia es dónde se encuentra el mánager propiamente dicho, cuyas misiones son, en resumidas cuentas, dos; buscar conciertos (a veces este papel lo desarrolla una personalidad aparte que recibe el anglicismo de booker) y hacer de intermediario entre el artista y cualquier otra entidad: los medios de comunicación, los organizadores del festival, las marcas y, por supuesto, también entre el artista y su sello discográfico o editorial.

La diferencia entre sello y editorial es más compleja, pues mientras que el primero gestiona los masters, el segundo solo gestiona los derechos de autor: para entender mejor la diferencia, podemos decir que el master es el edificio, y los derechos son solo el plano. Igual que un arquitecto puede contratar a varias empresas de construcción para su nueva urbanización, un compositor puede hacer que varios artistas canten sus canciones. 

Cuando la agencia, el sello y la editorial se engloban bajo la misma entidad (persona física o jurídica) estamos hablando de los famosos contratos 360, duramente criticados dentro del sector pero bastante más habituales de lo que parece. Las pegas que poseen este tipo de acuerdos son múltiples, pero podríamos destacar que, si el manager es el encargado de mediar entre los conflictos del artista y el sello, difícilmente podrá velar por los intereses del artista si forma parte del sello discográfico. La adquisición de derechos de Braun, Klein, Grossman o Appel implica que su relación con el músico no es exclusivamente de manager, sino que son muchas más las vías de monetización del artista, además del poder ejercido sobre él.

Aunque algunos de los ejemplos mencionados datan de los años sesenta, las leyes que operan dentro de la industria musical son, todavía a día de hoy, demasiado ambiguas, y personalidades como la de Scooter Braun o Scott Brochetta pueden despojar por completo de los derechos de las canciones a la propia compositora de las mismas. Y si le pasa a Swift, que es una de las artistas más famosas a nivel mundial (y, por tanto, con mayor cantidad de medios para hacer frente a estas adversidades), ¿en qué situación se quedan las bandas más pequeñas? Nadie sabe (de momento) el motivo por el que Braun está cayendo en picado durante los últimos años, pero quizá, si toda la verdad saliese a la luz, sería más sencillo que otros artistas conocieran esas malas praxis y, por tanto, puedan evitarlas en un futuro.


Escrito por Marta España || Foto: @scooterbraun

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