FONTAINES D.C.

Fontaines D.C., atrapados en la era de la dopamina

En “Dopamine Chamber”, su quinto álbum, el grupo irlandés convierte la ansiedad digital y la necesidad de evasión en un disco de sintetizadores sombríos que funciona como aquello que critica.

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Grian Chatten, el cantante de Fontaines D.C., grabó las voces de “Dopamine Chamber” en una casa de Palermo, metido en una cabina que montó con colchones y cojines junto al productor James Ford, como si fuera un fuerte en una fiesta de pijamas. La banda ha decidido jugar con algunos elementos amateur cuando se encuentra en la cima de su carrera y, además, sobre un disco un tanto apocalíptico. El quinto álbum de la formación se grabó entre febrero de 2025 y marzo de 2026, casi todo en los Decoy Studios de Suffolk, en la campiña inglesa. Son once canciones en las que los sintetizadores pesan más que las guitarras post-punk de sus inicios.

Para quien llegue nuevo, Fontaines D.C. son cinco músicos de Dublín que empezaron recitando poemas algo decrépitos sobre su ciudad encima de guitarras angulosas, a través de un rock seco de influencia setentera, y que en pocos años se han convertido en el grupo de rock más grande que ha dado Irlanda desde U2 y uno de los grupos de rock más grandes de la escena actual. Su debut, “Dogrel” (2019), era eso, Dublín a voz en grito. Después llegaron los medios tiempos sombríos de “A Hero's Death” (2020), el aire gótico de “Skinty Fia” (2022), escrito ya desde Londres, y “Romance” (2024), su primer disco con Ford, el productor de Arctic Monkeys, Depeche Mode y Blur, donde cabían el grunge, el shoegaze y estribillos para corear en festivales como “Starburster” o “Favourite”. “Dopamine Chamber” sigue por ese camino porque, según ha contado Chatten, sentían que aún tenían cosas que decir en ese terreno.


La dopamina es la sustancia que el cerebro suelta cada vez que recibe una recompensa, y es lo que nos mantiene pegados al móvil esperando el siguiente vídeo, el siguiente like. Chatten escribió las letras en un viaje corto por Viena y Venecia: estas hablan de pantallas, de gente que mira su propia vida como si fuera una película ajena y de un mundo que se viene abajo mientras todos buscan la siguiente dosis de placer. Chatten ha descrito el propio álbum como una cámara de dopamina, una crítica a esa necesidad de escape de la sociedad contemporánea y que, aun así, también es complaciente con esta misma: la música no deja de ser una forma de evasión; si bien en su nuevo álbum es en su mayoría triste, tétrica y misteriosa.

La base del sonido son los sintetizadores, aparatos analógicos de los años setenta como el ARP 2600 o el Moog, de los de cables y ruedas que se giran a mano, y la ingeniera Marta Salogni retuerce las grabaciones en cinta, así que casi todo suena pasado por máquinas viejas. “Six Shot Morning” abre con un pulso de sintetizador que no para y una batería acelerada, con la voz de Chatten lejísimos, como si cantara desde el fondo de una nave. “Marianne”, inspirada en parte por la serie Ripley, es la más pegadiza: Chatten se queda clavado en una sola nota durante todo el estribillo y las cuerdas ocupan el espacio que él deja libre. “Mimesis” se apoya en un bajo que lleva la melodía principal, a la manera de New Order. “Tongue” es lo más inquieto del disco, con un ritmo lento y pesado heredado del trip hop de los noventa sobre el que Chatten casi recita las estrofas. “Demolition” es el corte más pesado, con guitarras de grunge, y “One Man” es el más lento, tres acordes que se repiten mientras las cuerdas van ganando terreno hasta tapar la voz.


“Where Is Gone?” es la primera canción de Fontaines D.C. con una voz invitada: se la mandaron a Rosalía mientras estaba de gira por Estados Unidos y les devolvió su parte en 48 horas. Es un dúo lento y orquestal en el que ella canta más grave de lo que suele, y es el momento en que el disco respira. El final del álbum es mucho más sosegado y minimalista, con piezas como “Japan”, guitarra acústica a pelo para contar cómo alguien se va apagando dentro de una relación, e “Intimate”, en la que Deegan se suma a la voz de Chatten y el disco se disuelve en ruido de fondo.

Lo más retorcido del disco es que funciona igual que aquello de lo que habla. Cada canción suelta su pequeña recompensa, un estribillo, un golpe de cuerdas, un cambio de ritmo, y antes de que una se apague ya está empezando la siguiente. Fontaines D.C. han construido un trabajo que critica a las pantallas pero que engancha tanto como una de ellas.



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