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Crónica del concierto de Harry Styles en Barcelona

El abrazo de los nuevos dioses


Los héroes del olimpo pop se renuevan. Los centennials seleccionan los suyos para los años venideros. El 12 de julio en el Estadi Olímpic de Barcelona, dentro de la gira “Love On Tour”, no quedó lugar para la duda sobre ese relevo. Riadas de jóvenes, mayoritariamente de género femenino. Vestidas con coloridos sombreros, boas de plumas y otros atuendos intercambiables en cualquier despedida de soltero para caer al regazo de su ídolo. Algunas llevaban un mes haciendo cola bajo temperaturas indecorosas con tal de aproximarse lo máximo posible a su Dios.

El inquilino del Olímpic, el causante de tanto alboroto, no fue otro que un Harry Styles que ejerce de popstar sin paliativos. Si los abuelos (o bisabuelos) tuvieron a Elvis, las nuevas camadas abrazan al cantante de Redditch, como se evidenció desde el primer aullido de las 56.000 almas reunidas. Calentaron la espera sus compatriotas Wet Leg con un set breve. Algo suaves al inicio, fueron incidiendo ante el público con su indie rock chisposo hasta rematar con ese “Chaise Longe” irrefutable.

Durante la previa de acceso al estadio y en el intervalo entre los teloneros y el cantante británico –amenizado con viejos clásicos (Queen, Beatles) y también con los nuevos (Rosalía), mientras el público ejercitaba músculo con una ola irrompible–, se palpó la alta expectativa que rodeó una noche que muchas guardarán con candado dorado.

Un dulce graznar de pájaros, unos visuales que parecían recorrer la pista del Saul Bass en los títulos de crédito de “La vuelta al mundo en ochenta días” (Michael Anderson, 1956) y una melodía jazzy exquisita sirvieron para dar la entrada al príncipe Harry con su troupe de músicos. Una banda paritaria, numerosa y equilibrada. Pero las miradas apenas se repartían, por mucho que los realizadores –escenario de dos cubos con amplias pantallas que permitían seguir el desarrollo desde cualquier punto– incluyeran a los miembros del grupo. El acaparador de focos fue el imaginado. Público ensimismado con su presencia física y su irresistible manejo escénico. No hubo reservas de júbilo. La entonación de “Daydreaming” puso a prueba las membranas auditivas a tres kilómetros a la redonda.

Styles también se gana exclamaciones con su propuesta musical y su garra escénica, no solo por ese tatuado y fortalecido torso. Se sabe un maestro de ceremonias debido a su gente, a la que mima y protege con recelo, advirtiendo que al menor problema se detiene el concierto si es necesario. Gestos de galán que suman.

Con “Keep Driving” puso a hervir la artillería dispuesta sobre el escenario, apoyándose en esa sólida voz femenina que lo acompañó en algunos tramos de la noche. De vez en cuando se descolgó con la guitarra. Pero el ex One Direction se gusta más sin esta, con el micro a cuestas, exudando sex appeal por ese escenario cuadricular anexo a la tarima principal. También mostró, obviamente, el perfil tierno, en una “She” con el marcado acento wah-wah que imprimió su virtuoso guitarrista principal. Se sumaron luego otros solos de guitarra con aires de rock progresivo. Vuelta al escenario complementario con la hermosa “Matilda”, a dúo con la mentada acompañante vocal femenina. Sin salirse de la pasarela, la interpretación de “Satellite” se tradujo en un lanzamiento de objetos que intentaba pescar al vuelo –como la prueba del puente colgante de “Humor amarillo”– para regalar así un recuerdo imborrable a sus donantes.

Si bien todo el show tiene esas costuras de blockbuster guionizado poco dado a la sorpresa y la variación, algo que se da cada vez con mayor regularidad entre nuevos artistas y recintos gigantescos, Harry Styles demostró, al menos en una ocasión, dominar la improvisación sin perder ese carisma y esa guasa que tensa lagrimales y desencaja rostros. Lo demostró cuando dedicó un buen trecho del concierto a leer las pancartas de las fans de las primeras filas e interactuar con ellas, para gloria personal y virtual de estas. Se marcó un muy divertido y entrañable número con Paula, fan de Bilbao a quien le cantó la nota de selectividad en directo, casi provocando una crisis nerviosa.

Su cultivo de feromonas y endorfinas no se detuvo ahí; las siguió estimulando con la festiva “Music For A Sushi Restaurant”, con intro e intervalo funk-disco. “What Makes You Beautiful” la rememoró con su vestimenta más almibarada de boy band. No fue el único tema recuperado de su antiguo repertorio, ahí estuvo “Stockholm Syndrome”, pero por suerte su encomiable último álbum marcó el grueso del show.

Se despidió en falso con la balada “Fine Line” que da nombre a su segundo LP. De vuelta, apuntaló el recuerdo duradero –incluso para toda la existencia– en muchos de los congregados con la emotiva “Sign Of The Times”, la inédita “Medicine” y la pluscuamperfecta tonada agridulce “As It Was”. Jugó con el público hasta el último suspiro, modulando con sus manos el volumen de su griterío hasta hacerlo vibrar de nuevo con ese “Kiwi” de intensidad rockera con el que abandonó el cuadrilátero del mismo modo en que había entrado: triunfante.

Su victoria fue por KO. Carisma, galantería, seguridad, confort, sonrisa Profidén que hipnotiza y un buen rollo mayúsculo. Todo eso es lo que transmite este comunicador de masas, además de respetable músico con un repertorio cada vez más consistente. Con estas credenciales, el fenómeno fan quedaba más que entendido.


Crónica por Marc Muñoz | Foto: Clara Duart

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