Lykke Li anuncia el que puede ser su último disco
La artista sueca adelanta “The Afterparty” –un álbum de 24 minutos que confronta mortalidad, hedonismo y vergüenza con cuerdas disco y pulso balear–, con “Lucky Again”, un single construido sobre Vivaldi vía Max Richter.
| Por Álvaro García Montoliu
Hay discos que suenan a regreso y otros que suenan a despedida. Con “The Afterparty”, Lykke Li parece insinuar ambas cosas a la vez. Hace un par de semanas, en una escucha privada, la artista sueca presentó el álbum deslizando que podría ser “el último” de su carrera. Ahora el anuncio es oficial y el primer single, “Lucky Again”, funciona como manifiesto estético y espiritual de esta nueva etapa.
“Lucky Again” se construye a partir de un sample de “The Four Seasons” de Max Richter (la relectura contemporánea del clásico de Antonio Vivaldi) y desde ahí articula un bucle emocional que mezcla épica y derrota. “Para mí es el samsara hecho canción”, explica Li. “La rueda de la vida: ganar, perder, vivir, morir. Haber tenido algo y rezar para volver a tenerlo. Ya sea sexo, dinero, vitalidad, amor. Siempre dije que quería la canción de Vivaldi en mi boda o en mi funeral, pero creo que esto tiene más energía de atraco vengativo”. La pieza, brillante y expansiva, vibra entre lo litúrgico y lo cinematográfico.
Si “EYEYE” (2022) marcó un retorno introspectivo tras años de silencio, “The Afterparty” intensifica la apuesta y la depura. Con apenas 24 minutos de duración, el álbum se presenta como una obra concisa y sin concesiones: una confrontación directa con la mortalidad, el hedonismo y la impermanencia. Las cuerdas, grabadas con una orquesta de 17 músicos en Estocolmo, tras haber sido escrito en Los Ángeles, aportan un fulgor disco, casi balear, mientras el trasfondo lírico se detiene en la pérdida, la futilidad y la búsqueda de sentido. Hay brillo gospel en la superficie y, debajo, una meditación áspera sobre la vergüenza y la supervivencia, con la alegría sostenida a pulso.
Lejos de la fantasía romántica que marcó buena parte de sus primeros discos, Lykke Li escribe ahora desde una lucidez más terrenal. “Siento que estamos en una era en la que todo el mundo habla de ‘mi yo superior’. A la mierda con eso. Este es un álbum que trata de tu yo inferior: tu necesidad de venganza, tu vergüenza, tu desesperación, todo eso”. En lugar de aspirar a la elevación espiritual, el disco se sumerge deliberadamente en las zonas menos nobles del deseo. Su alter ego en “The Afterparty” lo define con ironía como “una especie de Ram Dass para fuckboys”, una gurú descreída para una generación saturada de autoayuda y cinismo romántico.
La portada, donde su rostro aparece deformado bajo unas medias translúcidas, visualiza esa tensión entre glamour y asfixia. Hay algo profundamente corporal en este proyecto: la belleza aparece distorsionada, pero no desaparece; simplemente se tensa hasta el límite.
En los últimos años, Lykke Li ha transitado entre Los Ángeles y Estocolmo, combinando maternidad, proyectos creativos paralelos y una presencia pública más enigmática. “The Afterparty” recoge esa experiencia acumulada y la condensa: un álbum breve, exacto, sostenido por pura voluntad. Una última fiesta después del desastre, iluminada por cuerdas resplandecientes, donde la celebración y el duelo giran, como el samsara, en el mismo estribillo circular.
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