Bad Bunny en el Super Bowl: música, identidad latina y política cultural en el mayor escenario de la NFL
Ayer, 8 de febrero de 2026, Bad Bunny hizo historia en el Super Bowl LX con un espectáculo de medio tiempo que trascendió el entretenimiento para convertirse en una declaración política y anti-Trump. El artista puertorriqueño aprovechó el momento más alto de su carrera (recién ganador del Grammy a Álbum del Año) para llevar la latinidad, el reguetón y el debate social al centro del evento deportivo más visto de Estados Unidos
| Por Marta España
El 8 de febrero de 2026, durante el Super Bowl LX disputado en el Levi’s Stadium de Santa Clara (con victoria final de los New England Patriots frente a los Seattle Seahawks), Bad Bunny protagonizó el espectáculo de medio tiempo más culturalmente explícito que ha visto la NFL en décadas. Su presencia llega en el punto más alto de su carrera, apenas una semana después de ganar el Grammy a Álbum del Año por “Debí Tirar Más Fotos” (2025), el primer disco mayoritariamente en español (y explícitamente latino) en lograrlo, y en un contexto político marcado por sus reiteradas críticas a las redadas del ICE y a la precarización de las comunidades latinas en Estados Unidos. Trump no dudó en calificar el espectáculo como algo “terrible”.
Ese trasfondo explica por qué el show no se limitó a encadenar éxitos, o por qué no puede analizarse de forma aislada a los acontecimientos político-sociales que están sucediendo en Estados Unidos. Benito Antonio Martínez Ocasio utilizó los trece minutos reglamentarios como un ejercicio de puesta en escena identitaria. El arranque, ambientado en cañaverales y símbolos cotidianos de Puerto Rico (jíbaros con pavas, mesas de dominó, puestos de piraguas), funcionó como declaración de intenciones antes de entrar en un bloque inicial de reguetón reconocible: “Tití Me Preguntó”, “Yo Perreo Sola” y “Safaera”, interpretadas sobre una “casita” que remitía tanto a su residencia en el Coliseo de Puerto Rico como a la idea de hogar desplazado que atraviesa su último álbum. La selección musical fue clave: combinar hits de su explosión global con canciones recientes permitió leer el repertorio como una línea de continuidad, no como nostalgia. Además, Bad Bunny rindió homenaje a los orígenes del reggaetón incorporando durante su show extractos de clásicos como “Gasolina” de Daddy Yankee y “Dale Don Dale” de Don Omar, trayendo a la memoria los temas que sentaron las bases del género moderno.
El espectáculo creció en capas con las colaboraciones. Lady Gaga apareció en un segmento cuidadosamente diseñado como cruce de mercados: su voz lideró una versión híbrida anglo-caribeña de “Die With a Smile”, envuelta en arreglos de salsa a cargo de Los Sobrinos, y situada dentro de una boda escenificada en directo que culminó en la interpretación de “Baile Inolvidable”. Más que un cameo, su presencia sirvió para legitimar el puente entre el pop anglosajón y los códigos latinos sin diluirlos. Más adelante, Ricky Martin aportó una lectura distinta: sentado en una escena casi doméstica, interpretó “Lo Que Le Pasó a Hawaii”, reforzando el discurso sobre gentrificación y pérdida cultural desde la voz de uno de los primeros artistas boricuas en conquistar el mainstream estadounidense.
Visualmente, el tramo final fue el más contundente. Durante “El Apagón”, las referencias a los cortes eléctricos y al colapso de infraestructuras en la isla se tradujeron en postes de luz y banderas azul celeste, asociadas al independentismo puertorriqueño, antes de desembocar en el cierre con “DtMF”. Bad Bunny terminó nombrando países de todo el continente y lanzando un balón con el mensaje “Together, we are America”, una redefinición semántica que amplía el concepto de América más allá de la frontera estadounidense: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”, afirmó en un gesto sutil contra la asociación MAGA (Make America Great Again).
El medio tiempo del Super Bowl no suele ser terreno fértil para la sutileza, pero Bad Bunny logró algo poco habitual: convertir el mayor escaparate del entretenimiento deportivo en un retrato coherente de su obra reciente, donde el gesto político estuvo en la elección del idioma, en los ritmos, en los símbolos y en la narrativa. Fue un espectáculo pensado para las cámaras globales, sí, pero también para la denuncia de todo aquello que muchos de sus compañeros no se atreven a decir.
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