Conway The Machine

Conway The Machine: crónica de su concierto en Barcelona

Uno de los raperos más encumbrados del hip hop estadounidense actual


Por Anton Casas

2012. El protagonista de esta crónica recibe varios disparos en cabeza y cuello. Sobrevive, pero la parte izquierda de su rostro queda parcialmente paralizada incluyendo, sí, la boca, la herramienta de creación del rapero. Bregado en la barra libre de las mixtapes, no deja que el incidente afecte a su carrera artística y, tratando de superar la carga mental que supone su nueva condición, continúa batallando para hacerse un hueco dentro de la industria, fundando el sello y colectivo Griselda junto a su hermanastro Westside Gunn hasta por fin labrarse un nombre más allá del underground de Buffalo. Mucho más allá. A sus 41 años, Conway The Machine lo ha logrado. Y lo ha logrado entre otras cosas –el respeto en todo el mundo del hip hop– por el punto distintivo que la parálisis provoca en su dicción: un leve balbuceo que no tiene nada que ver con aquel practicado por los peyorativamente denominados mumble rappers, sino que es el testimonio de la batalla que acontece en sus labios torcidos para sacar las líricas descarnadas que hay en él. Una pronunciación arrastrada que añade a sus canciones –musicalmente oscuras de por sí– un toque aún más insidioso.

En el concierto que Conway The Machine ofreció en Barcelona la noche del pasado 14 de octubre somos testigos de otro de sus relativos logros. Tras finalizar su contrato con Griselda Records y Shady Records, la discográfica de Eminem, Conway se ha embarcado en su propio sello, Drumwork, acogiendo y auspiciando nuevos talentos surgidos de Buffalo, como 7xvethegenius o Jae Skeese. Este último y Emurda toman el escenario para calentar motores y, más allá de tener tiempo de sobra para demostrar que Conway también tiene buen ojo para los nuevos talentos, si alguna cosa dejan clara es que la noche va de purismo y de gangsta shit. “I’m gonna drop some bars. I’m gonna do some real hip hop”, advierte Jae. Qué es o qué no es hip hop es un debate que no vamos a tener aquí, pero, a tenor de las convicciones de los raperos que actúan en la sala Paral·lel 62 –antes del combo estadounidense el grupo de L’Hospitalet de Llobregat Crime también ha participado como telonero, allanando el terreno old school de la velada–, el hip hop son Conway The Machine y sus discípulos.

Con esa premisa solo cabe esperar la aparición del main character que, aunque tardía, encaja en la spooky season de un octubre aún demasiado caluroso. Luces apagadas, suenan las ominosas notas de “Kill Judas” y aparece Conway The Machine con mirada desafiante, apoyado en una muleta de madera digna de un resort hawaiano, como si fuera el prop de un mafioso de serie B. Las luces de los móviles ayudan a fomentar la entrada a lo Halloween, tal y como ha requerido DJ T, quien se encarga de ir disparando las bases desde la retaguardia.

Tras la intro, se sucede una metralleta de cortes de su último disco en solitario, el por lo general discreto “Won’t He Do It” (2023), empezando, back to back, con “Quarters” y “Brucifix”. “It’s almost anachronistic, ‘cause it’s like almost out of time, but it’s so present”, suelta en la primera. Ahí estaría la esencia de Conway: mirando al pasado nos retrotrae a los tiempos de Wu-Tang Clan, a flows duros como el cemento, a las frías calles de Buffalo, al acento de la Costa Este. Pero también, como en el segundo corte, puede comandar sobre una base drumless, que tampoco es una cosa completamente nueva –todo encaja: RZA ya trasteaba hace veintitantos años con esta depravación del ritmo que tan bien han sabido moldear algunos productores en los últimos tiempos para atrevidos como Conway– pero no es tan lejana.

Parón de rigor para disfrutar de las alabanzas, disculparse con los fans que tenían entrada para el concierto de Madrid y maldecir a las autoridades aéreas –“The JFK airport can suck my dick”– cargándoles el muerto de la cancelación. Al arrancar de nuevo, sigue un repertorio estilístico que, hay que decirlo, se ve dañado por el ruido general: en directo, el boom bap almibarado de “Brick Fare” suena igual que el boom bap sin cortar de “Stab Out”, mientras que los arreglos de “Monogram” quedan diluidos en unos graves demasiado agresivos. Por encima siempre, eso sí, la voz de un a veces desgañitado Conway. Con “Brooklyn Chop House” nos resarcimos. El beat de Daringer, productor de cabecera de los miembros actuales o espirituales de Griselda, una maravilla que roza la frontera del drumless, acompaña a un Conway que, ahora sí, hace gala de la sutilidad de su dicción, de su distinción.

Llega un momento predecible de la noche. El de corear “máquina”. Es algo en lo que se regodean tanto los de Buffalo como el público de aquí, un reconocimiento mutuo en el intercambio idiomático propiciado, además de por el nombre artístico del rapero, por su disco “La Maquina” (2021), del que sale su mayor hit, “Scatterbrain”, trap con piano y coros infantiles muy noventeros. Pero el álbum con el que Conway se consagró definitivamente, al menos a nivel crítico, fue “God Don’t Make Mistakes” (2022). De este no nos ofrece muchas canciones, pero son suficientes como para terminar de enderezar la noche: “Piano Love”, boom bap oscurecido a base de un loop de piano lúgubre; una “So Much More” en la que parece Nas flotando en un angelical sample vocal, advirtiendo de que él es más que cualquier comparación, que cualquier etiqueta; o una inevitable “John Woo Flick” con la que calibrar las válvulas del motor.

La máquina empieza a echar humo. Camiseta fuera y a lucir six packblandengue, el del gángster devenido en bon vivant. En este punto se hace evidente lo que ya sabíamos desde el minuto uno: Conway exuda carisma, se basta con su presencia para contentar a la horda de hip hop heads y la selección de los temas va en esa dirección; aquí se busca la potenciación de un personaje escénico bigger than life y la creación de un microclima en el que las letras más introspectivas o reveladoras del rapero, simple y llanamente, no tienen mucha cabida. En este sentido, brillaron por su ausencia “Guilty”, “Stressed” o “God Don't Make Mistakes”, de lo mejor de su discografía, tres cortes en los que vacía la mente abordando temas como las secuelas del tiroteo que sufrió, la muerte de su hijo, el suicidio de su primo, la consiguiente depresión... Pero no, aquí se busca el braggadocio, la bocina estridente y el catártico (y teatral) “Doot doot doot” comunal, gesto de pistolas al aire incluido. Atizar al público, hacerlo partícipe de una sola maquinaria que carbure al unísono. Como combustible, algunos temas de “From King To A God” (2020) oscuros y relucientes cual charco de gasolina antes de prender, además de “94’ Ghost Shit” –un corte bastante oculto producido por The Alchemist– o la tensión blaxploitation de “Flesh Of My Flesh”. Remata con su versión de “Family Ties”, de Baby Keem y Kendrick Lamar, curioso punto final que da paso a un pequeño ritual consistente en alzar las manos arriba, palmas al frente, para despedir tras 50 minutos de show este particular culto al boom bap. Un engranaje neoclásico eternamente engrasado por raperos como Conway The Machine.


Crónica por Anton Casas || Foto: Jordi Vidal

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