C Tangana

“Esta ambición desmedida”: ¿La muerte de C. Tangana?

Tratamos de entender qué lugar ocupa el documental en la iconografía de El Madrileño

Por Diego Rubio

“Esta ambición desmedida” (Santos Bacana, Cristina Trenas y Rogelio González, 2023) podría limitarse a ser el documental de una gira. No de una cualquiera: seguramente de la más ambiciosa de la historia de la música pop en nuestro país. Y con eso, un buen relato en torno al que estructurar la historia y material adecuadamente seleccionado y montado –por momentos lo tiene, por momentos lo está–, le hubiera valido. Pero desde la misma promo el equipo de Little Spain ha ido dejando claro que esto iba más allá y despachando cualquier atisbo de duda: “Esto no es solo un documental”. Así que no se trata aquí de hacer crítica de un trabajo que, por imperativo dramático, plantea muchos problemas sin detenerse demasiado en sus resoluciones, como si todo terminara por colocarse por designios casi divinos. Sino de entender el lugar que “Esta ambición desmedida” ocupa en la iconografía C. Tangana, más allá de eso, de su naturaleza misma como documental musical.

Y para empezar habría que ir por el principio, por la propia construcción de artista que ha ido asentando Antón Álvarez Alfaro con el paso de los años. Su uso de los alias ha revelado, por ejemplo, una ambición camaleónica y transformista, y con ello ha manejado a la perfección el equilibrio entre la estrella popular y la estrella underground, llevando la conversación entre el mundo urbano y el folclore y entre lo latino y lo local a un nivel de repercusión quizá solo comparable al de Rosalía. Todo ha estado, o al menos esa sensación ha dado siempre, totalmente premeditado y diseñado con anterioridad en torno a un plan. ¿Por qué no iba a estarlo el documental?

Hay varios momentos en los que C. Tangana se derrumba simbólicamente en “Esta ambición desmedida”. La presión de haber llevado un proyecto a semejante nivel de profesionalización y repercusión le pasa factura a alguien que no sabe ni cantar ni afinar. Su obsesión por camuflar sus inseguridades se traduce en una producción excesivamente ambiciosa, que a su vez se traduce en escenarios rocambolescos y pérdidas millonarias que solo empiezan a subsanarse cuando dan con un formato pocket, reducido. Juega la vía humilde de David Bowie, darse cuenta, hastiado de su propio impacto –y de la obsesión por estar constantemente a la altura de uno mismo–, de que lo más importante de la vida es la muerte del ego. Pero en el fondo parece dejar claro que todo es meramente performativo y que es parte de lo que necesariamente implica la narrativa dramática de la película. El ego viene y va constantemente, negándose a sí mismo, convenciéndonos de que este bamboleo es parte de la identidad artística del madrileño.

No olvidemos que, cuando la crítica especializada –y parte del público– rechazó “Ídolo” (Sony, 2017) precisamente por su pérdida de foco entre delirios de grandeza y su incapacidad de funcionar conceptualmente más allá de la mera recopilación de canciones –algunas de ellas estupendas–, Pucho respondió con el genial movimiento de “Avida Dollars” (Sony, 2018) anunciando su propio backlash y apuntalando con precisión quirúrgica cada patinazo previo. En “Esta ambición desmedida”, su madre y directora financiera afirma pensar que su hijo dejará la música a un lado para dedicarse al cine y, bromeando, “quitarle el trabajo a Santos”. Y al final, mientras rolan los créditos, jugando como siempre al despiste, manteniendo un discurso que pueda reescribir siempre a placer, Pucho se tira un pequeño freestyle que a medias contesta a medias hypea a todos los que tienen –tenemos– claro que lo siguiente a “El Madrileño” (Sony, 2021) solo puede ser un disco de rap, un back to basics que venga a matar cualquier tipo de ambición. Y que va en contra de la idea de que a partir de ahora C. Tangana “solo” es un productor y director de cine.

“Podéis apostar cuántos años más voy a estar tan relevante y con autoridad para escupir estos raps. ¿Quizás un par? Que te jodan, voy a estar lo que yo quiera estar, rockstar. Haciendo el Matrix mientras os quedáis sin balas, no me pue’en tocar”, rapea sobre una base depurada de Alizzz y dándole sentido a sus últimos coqueteos con gente como Hoke, Ergo Pro o Ill Pekeño, por mucho que el discurso vaya todo el rato –en el propio documental en conversación con Alizzz y en prácticamente todas las entrevistas que está ofreciendo a propósito de la cinta– hacia esa idea de “me siento desconectado de la música de la actualidad y no entiendo la música que hacen los chavales”. Un derrotismo que no se ajusta exactamente a la realidad.


Así que finalmente la intención de “Esta ambición desmedida” parece responder a la necesidad de matar al personaje, a El Madrileño, utilizando de paso un lenguaje, el audiovisual, el cinematográfico, que quiere investigar a partir de ahora y que seguramente utilizará en el futuro para darle tridimensionalidad a su carrera musical, o para escenificar lo que le apetezca escenificar. Pero no resultan muy creíbles los constantes lamentos y el hartazgo que sí tienen sentido como rebotes lógicos en el fragor de la gira, de la batalla. “Cuando llegas a la cima, llegas mutilado”, confiesa en otro momento. Y es más bien su propia forma de ponerse frente al público, frente a las balas, en cada estadio de su carrera, lo que le ha puesto en el ojo del huracán. Es él el que ha puesto su propio pellejo en juego, su propia carne en el asador. El que ha querido asumir un papel que ahora performa haber recibido por imposición ajena. Y de este modo, a través de su propia ficción, poder hacer borrón y cuenta nueva cómo y cuando le apetezca. La cuestión ahora es si C. Tangana no ha mostrado ya demasiadas de sus cartas.


Escrito por Diego Rubio


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