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Duki, en modo rockstar

El trap incorporado en una banda de rock

Cuando algunos ya empiezan a dar por muerto al trap, al menos por estos lares, el “movimiento” argentino se está empeñando en recordarnos por qué este género ha moldeado, incluso más que la tan cacareada dominancia del reguetón, el sonido mainstream de los últimos años con su aparente simpleza, tanto en las letras como en las bases. Minimalista en esencia para expresar lo máximo; solo hay que escuchar “She Don’t Give A Fo”, uno de los primeros grandes éxitos de Duki, de un ya lejano 2018.

Porque Mauro Ezequiel Lombardo, Duki, Duko, lleva tiempo postulándose como la estrella definitiva de todo esto, coronando cimas cada vez mayores. La de sus cuatro conciertos en España, con dos sold out en el WiZink madrileño el febrero pasado y otros dos en el Palau Sant Jordi de Barcelona en marzo, no es tan siquiera la de más altura: palidece al lado de sus cuatro shows en el porteño estadio del Vélez Sarsfield, en los que vendió 180.000 entradas. En la última edición del Bilbao BBK Live también se pudo vislumbrar la capacidad de seducción de su propuesta escénica.

Un show que el argentino inicia en modo diablo con “GIVENCHY”, trap con aires a vuelta de honor. Hecha la triunfal entrada en solitario, irrumpe sobre el escenario una banda de batería, teclados, guitarra y bajo. Y Duki pasa a modo rockstar. Esa etiqueta que los traperos vienen queriéndose colgar a sí mismos desde hace años, más por una cuestión estética y de ethos que por una cuestión musical, y que Duki lleva aquí hasta sus últimas consecuencias con una reinterpretación de su catálogo que alcanza nivel de auténtico arena rock, sin fisuras.

Un primer tramo abrasivo e inapelable para dar rienda suelta a sus flows cortantes, tan o más bravos que los riffs de guitarra que lo amparan: pirotecnia vocal la del Duko, las llamaradas en el escenario están más que justificadas. Lucen fantásticas las adaptaciones al rock de “Rockstar” –no podía ser de otra forma– o “Tumbando el club”, con su base horror-synth sonando más amenazante que nunca secundada por la banda. “Sudor y trabajo” o “Hablamos mañana” son temas directamente creados con esta intención de explotación rockera, destinados a convertirse en grandes momentos de los conciertos de Duki.

Los tramos dominados por los cortes de reguetón –“TOP 5”, “Si quieren frontear”, “Marisola” y “Antes de perderte”–, dejan claro que la expansión mundial del género es ya imparable, pese a quien pese, aquí o al otro lado del charco. Remate final con la “BZRP Music Sessions #50” –inicio a capela, el Auto-Tune apenas perceptible: de nuevo minimalismo, máxima expresividad–, “Goteo” y “Malbec” para afianzar la sensación a vuelta de honor. Lástima que la flautita medieval de esta última, ya de culto (la réplica hispana del “Mask Off” de Future), apenas se escucha bajo la puesta a punto de arena rock. Esa es la única pega a la propuesta rockera: a veces, uno desearía que a Duki solo le acompañen las bases originales, infecciosas ya de por sí, prescindiendo de la banda momentáneamente. Con la instrumentación en vivo el show gana empaque e intensidad. Pero también puede perder por el camino esa esencia del trap para lograr oro con lo mínimo. ¿Estamos pidiendo justo lo contrario a lo que algunos criticaron del “Motomami World Tour” de Rosalía? No tanto como eso, porque sus conciertos son arrolladores, dignos de un artista en la cumbre, y la decisión no chirría en alguien que ha crecido escuchando a Spinetta o a Linkin Park. Pero sí conviene apuntar que puede ser más selectivo con las canciones a las que aplica el barnizado rockero. Eso sí, es muy interesante ver qué hacen los artistas con las ropas, ya bastante usadas, del trap. En el caso de Duki, con varias canciones de “Desde el fin del mundo” (2021) y con sus directos tras la salida de ese disco y hasta hoy, está apuntando hacia una posible dirección en la que el rock, cómo son las cosas, ayude a mantener la hegemonía de la música urbana.


Crónica por Anton Casas || Foto: Óscar García (Palau Sant Jordi BCN, 2023)

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