Sampha

Entrevista a Sampha

“¿El Guincho? Conozco su música desde el primer disco, porque compartíamos sello e hice como un remix de una de sus canciones. Y luego me flipó el segundo disco de Rosalía”

Por Diego Rubio

El británico regresa, seis años después de su inmaculado debut, con un “Lahai” que abandona las reflexiones y los duelos personales en un abrazo colectivo. Un trabajo que investiga la genealogía y nuestro lugar en el universo, centrado en cómo entendemos los humanos el tiempo y en cómo construimos toda una realidad paralela a través del mundo de los espíritus. Una canción cuántica en la que resuenan –a la vez y en desconcierto– pop, soul, garage, R&B y jazz espiritual. El pájaro ya no está en su jaula y vuela libre por las costuras del cosmos.

Si veinte años no es nada, ¿qué son seis? Y sin embargo, seis años pueden serlo todo, pueden ser un mundo. En los seis años que han transcurrido entre el lanzamiento de “Process” (Young Turks, 2017) y el presente han sucedido muchas cosas en la vida de Sampha. Una por encima de todas: en la primavera de 2020 fue padre de su primera hija. Después de haber conquistado el prestigioso Mercury Prize en 2017 y de conseguir incluso una nominación en los Óscar de 2019 con “Treasure” –para la película “Beautiful Boy. Siempre serás mi hijo” (Felix van Groeningen, 2018)–, el británico dio un paso a un lado y desapareció para centrarse en su familia, reconstruirse y asegurar los cimientos de la vida que quería edificar junto a los suyos. Porque el tiempo, dice Sampha desde su apartamento en Londres, en conversación vía Zoom, con su voz quieta y muchas dosis de reflexión, es relativo. Una construcción del cerebro humano para asir una realidad que de otro modo sería incognoscible.

Precisamente el tiempo es lo que centra completamente su nuevo trabajo, “Lahai” (Young-Popstock!, 2023). Cómo lo entendemos, cómo lo percibimos, para qué lo usamos, para qué lo necesitamos. De esas reflexiones –y de cómo el tiempo nos permite situarnos en una genealogía, en un lugar en el mundo, en una cultura, en algo más grande que nosotros, más trascendente que nosotros a través de la memoria– le surge a Sampha Lahai Sisay la urgencia de explicarse con el lenguaje que mejor maneja, la música. Y así, retrotrayéndose a las sonoridades del África Occidental del que su familia es originaria y tendiendo puentes cuánticos hacia el presente y hacia el futuro, en todas direcciones y al mismo tiempo, ha ido dando forma a un álbum que se ha hecho de rogar, que ha mutado varias veces a lo largo del proceso y que finalmente ofrece una pintura instantánea del momento, del mood con que el británico montó los conciertos del espectáculo “Satellite Business”.

Quizá son la pieza clave de todo este camino, junto a la producción de El Guincho. Y en ambas ideas se reconoce el ánimo comunitario que sigue a “Lahai”. El espacio que Sampha empezó a construir para sí mismo poco a poco se fue abriendo a los demás, a colaboradores y amigos, al público. A la prueba, a la experimentación, a la mutación. El empoderamiento personal, el crecimiento, llegaron después de ceder. Pablo Díaz-Reixa llegó para arreglar sonidos orquestales y terminó como coproductor. Yaeji, Léa Sen, la trompetista Sheila Maurice Grey (Kokoroko), Ibeyi, Morgan Simpson (black midi), el percusionista jazz Yussef Dayes, Laura Groves y el productor Kwake Bass (director musical de Kae Tempest, entre otras líneas curriculares) arribaron al estudio sin reglas ni planes marcados. A los músicos que acompañan a Sampha en las íntimas residencias con formato de pequeño ring que conforman “Satellite Business” se les pide que experimenten, que improvisen, que aporten siempre su visión al repertorio, al nuevo y al viejo. Y al público que interactúe y reaccione. Entre todos despiertan toda la magia que encierra “Lahai”. Una magia que irá evolucionando con el tiempo, con los conciertos y con remezclas, y que demuestra que el segundo trabajo de Sisay es más que una colección estática de canciones. Es algo dispuesto a cambiar. De todo ello y mucho más hablamos con su autor, un hombre tranquilo que ha recuperado el amor por la música haciendo partícipes a los otros.


Tengo curiosidad por saber qué es lo que te lleva a montar los bolos de “Satellite Business”, qué buscabas con ellos.

A finales del año pasado simplemente sentí la necesidad de volver a tocar en directo. Quizá tratando de recuperar esa especie de conexión física con la gente, de reconectar con el hecho de tocar, con la audiencia, con los músicos… La banda era completamente nueva, además, así que era un reto asimilar todos los cambios y todas las nuevas sensibilidades musicales desde cero. Quise crear un espacio seguro para mí mismo, unos shows íntimos en los que poder simplemente conectar con una nueva etapa musical, ser libre y experimentar un poco sobre la marcha.

¿Y cuándo dirías que empezaste a trabajar en “Lahai”?

Pues debió ser a mediados de 2019 o en el último tercio, por ahí.

¿Recuerdas la primera canción que compusiste para el disco?

Las primeras cosas que hice para el disco no tenían mucho que ver, la verdad, era algo bastante diferente, más retraído. Pero quizá la que inició la dirección que finalmente tomó el álbum fue “Spirit 2.0”. La primera versión venía de estas primeras tentativas pero evolucionó hasta marcar lo que ya iba a ser “Lahai”.

¿Y qué ha cambiado a lo largo del proceso de hacerlo?

He estado dos años y medio haciendo el disco… Y la mayor parte del proceso se ha basado simplemente en encontrar el tiempo suficiente para trabajar en la música día tras día. He sido padre en este tiempo y eso lógicamente ralentiza las cosas, pero quizá esa pausa me ha venido muy bien para entender qué quería hacer, cómo quería que sonaran las cosas e incluso cómo quería enfrentarlo temáticamente, qué quería decir y cómo quería decirlo.

Imagino que ser padre te cambia la perspectiva completamente, pero ¿cómo piensas enfrentar ahora una gira mundial?

Supongo que intentándolo (se ríe). Llevo tiempo sin salir de gira y tendré que encontrar un balance, un equilibrio. Imagino que no giraré tanto como antes, o al menos no de esa manera tan voraz. No quiero perder la consciencia de lo que hago. En el pasado he llegado a dar conciertos con el piloto automático y no quiero permitir que eso vuelva a suceder. No me gustaría volver a desconectarme de mi propia música.

Hay una especie de obsesión con el tiempo a lo largo de todo el disco. Y te has tomado tu tiempo para sacarlo; “Process” es de 2017. ¿Por qué el tiempo ha estado tan presente mientras escribías estas canciones?

Es cierto. Me interesé mucho por el tiempo mientras estaba escribiendo el álbum. Estaba leyendo muchos libros sobre ello, como “El orden del tiempo” (del físico italiano Carlo Rovelli, un libro sobre la percepción del tiempo en la física a través de la gravedad cuántica, la concepción del espacio-tiempo, la relatividad y la termodinámica; este año se ha estrenado su versión fílmica en la Mostra de Venecia). Me interesaba mucho esa idea de que algo pueda ser absolutamente científico y al mismo tiempo profundamente espiritual, casi mágico. Tratar de situarme y de encontrar mi conexión con lo espiritual, con otros espíritus, pensando en cómo entendemos el tiempo de una forma muy material y muy lineal. Cuando piensas en la relatividad del tiempo te das cuenta de lo lento que pasa muchas veces a nivel emocional. El duelo, la pérdida, el dolor, los males, habitualmente los medimos en “tiempo”: el tiempo todo lo cura, ya se pasará con el tiempo. Y sin embargo a nivel físico nos arrolla, pasa sin que nos demos cuenta. El cuerpo se deteriora rapidísimo. También estoy muy flipado con la ciencia ficción, y me apetecía mucho traer estas reflexiones a mi terreno, a la música.

Hay vocecillas por todo el álbum que te hablan, te dicen cosas. ¿Qué representan esas voces para ti?

Creo que para mí (duda un momento)... Supongo que gran parte de este disco va sobre lo abstracto de la memoria y cómo precisamente esa cualidad la convierte en una distracción porque es tu mente la que, generalmente de forma “tramposa”, rellena el recuerdo. Sin la memoria el tiempo probablemente no existiría, pero es la herramienta que la mente necesita para configurar los recuerdos: al final nuestro cerebro es una máquina del tiempo, pero una que es capaz de influir directamente en los hechos a través de cómo tú los recuerdas. Así que para mí esas voces son yo hablándome a mí mismo desde otro espacio-tiempo, desde otra realidad cuántica. O voces que me hablan en sueños… Supongo que el tiempo, sí, es el eje temático de este álbum.


La parte de Yaeji en “Spirit 2.0”, por ejemplo, ¿es algún tipo de canto espiritual, ritual?

No, realmente es algo que ella improvisó en el estudio. Pero sí que tiene ese feeling espiritual por las frecuencias, la emoción que invoca. Para mí representa la guía que buscamos en los otros para nuestras propias vidas, ese otro en el que depositamos nuestras esperanzas. Todos tenemos la necesidad de sentirnos conectados con algo espiritual. La gente incluso hace sus propios jardines en las ciudades. Necesitan crear ese espacio seguro en sus hogares, necesitan dejar entrar un poco de naturaleza en sus vidas. Necesitan sentir una conexión especial con algo, y si no lo encuentran lo inventan. Es la naturaleza humana. Y una de las cosas que más me planteaba haciendo el disco es “¿Por qué sentimos esa necesidad?”.

En un momento del disco dices: “Traveling for healing, how far where I go?”. ¿Cuántos de estos viajes significan una curación verdadera y cuántos son más una forma de huida?

En otra parte del disco también digo: “We were two birds flying away from each other, looking for each other”. Un filósofo te diría, así con un poco de flema, que el hombre es el único animal que huye de aquello que busca. Somos contradictorios y sentimos miedos incomprensibles e inexplicables, podemos tener una visión clara y sin embargo hacer justo lo contrario y no saber explicar muy bien por qué. Así que es una manera de preguntarme: “Está bien, ¿cuánto más necesitas, cuándo algo es suficiente?”. Tampoco quiero relativizar, no es que sea culpa tuya ni que sea tan fácil: la vida es jodida, y lo que trato de hacer en este disco es reconocer que lo es, que la vida es difícil y complicada, pero que dentro de esa complejidad está nuestro poder para reconocer que algo es importante y que merece la pena trabajar en ello, merece la pena cambiarlo. En algún momento tienes que intervenir, ¿sabes? Porque todos podemos ir por el mundo sonámbulos…

Está un poco hecho el sistema para que todos nos sintamos medio cómodos en ese mood.

Les interesa también, ¿no? Al sistema le interesa que seamos predecibles porque lo predecible es seguro, y a nosotros nos gusta la seguridad porque es más fácil, no requiere esa acción por tu parte. Yo qué sé, a lo mejor hay gente que necesita que le sucedan cosas más drásticas para cambiar de verdad.

Por lo general tienen que pasarnos cosas chungas para que apreciemos de verdad lo bonito que tiene la vida.

Eso parece, claro. Si miras al suelo, a la tierra mojada, puedes ver cómo los gusanos y las lombrices devoran la materia orgánica y te puede parecer repugnante, pero también puedes ver la belleza en la descomposición: el ciclo de la vida funciona así, y eso que se ve como sucio produce vida. La vida es sucia desde el momento mismo del alumbramiento. Pero nos insisten mucho en la limpieza, en estar limpio en todos los sentidos. Se nos inculca esa obsesión por lo incorrupto, por la pureza, pero ¿hay algo que haya sido puro alguna vez, que no esté ya corrompido? Y no quiero decir que es que necesitemos oscuridad ni pasar por tiempos muy difíciles, pero sí que es necesario aceptar que la vida es un desafío. Incluso estar sano, mantenerse en forma, es un proceso doloroso y que exige mucha disciplina: muchas veces tienes que ir en contra de tu mente y de tu propio cuerpo.

Al final “Lahai” es un disco optimista, positivo, incluso alegre. Está repleto de sonidos brillantes y muy dinámicos, como saltando en el aire, y los ritmos se sienten muy urgentes. Como esa propulsión de “Can’t Go Back” que suena como un beat rave enterrado. Es un poco lo contrario a tu primer largo, que era mucho más introspectivo, reflexivo y oscuro. Cargabas con mucho dolor entonces y este álbum quizá suena como un desahogo. Como si todos esos momentos de tensión y colapso que construías en “Process” encontraran por fin reposo en “Lahai”. Incluso hay pasajes muy suaves, con mucho groove, como el que rompe en “Jonathan L. Seagull”. ¿Cuáles dirías que han sido las principales fuerzas detrás de que escribieras estas canciones de este modo y terminaras arreglándolas junto a tantos colaboradores?

Como hablábamos, es un tema de aceptación, de abrazar las distintas caras que tiene la vida. Y en cuanto al sonido, tenía clarísimo que quería hacer algo mucho más abierto ahora. Llámalo groovie o llámalo como quieras: quería que los sonidos se sintieran vivos. Por eso muchas de las baterías y las percusiones están tocadas de verdad y luego las hemos procesado o no. Quería algo más orgánico. Había estado viendo muchas entrevistas de Sun Ra, leyendo sus libros de poesía y escuchando mucha música afrofuturista, cosmic jazz, jazz espiritual, incluso músicos de jazz contemporáneos como Nala Sinephro o Jason Moran, un pianista americano increíble. Hay un aspecto muy libre en su música, y lo relaciono mucho con Sun Ra diciendo “OK, tenemos la teoría, y toda esta teoría es importante, es importante entender las reglas que estructuran nuestra realidad, que interactúan para definir cómo la percibimos”. Pero cuando se trata de conectar con una emoción o de expresar un sentimiento está bien que haya cosas que sean inexplicables, que no se puedan articular con una teoría.


Entiendo que el título del disco es un resultado de entender el poder de los ciclos, de la sangre, de la genealogía que carga con la esencia y el espíritu de las personas que nos precedieron. También puede ser una manera de referirte a ti mismo mientras te reconoces parte de algo superior… Pero es mi interpretación, me interesa más la tuya.

Hay muchísimos prismas desde los que verlo. “Lahai” también es mi segundo nombre, lo que implica una conexión personal no solo conmigo mismo sino, como tú dices, con un lugar en mi genealogía. Está claro que parte de una decisión consciente de mirar hacia atrás desde el momento presente. De tratar de conectar con mis raíces de África Occidental (sus padres emigraron de Sierra Leona a finales de los años ochenta, huyendo del creciente clima de inestabilidad que asolaba el país por las luchas étnicas y la oposición de ciertas tribus del norte al gobierno central y que terminó desembocando en el estallido de una sangrienta guerra civil que se prolongó durante más de diez años). A través de la memoria y la imaginación puedo viajar “físicamente” allí y situarme en ese espacio, incluso aunque nunca conociera a mi abuelo. Había una foto suya en casa de mi madre. A veces pienso en ello y llego a la conclusión de que es necesario hacer zoom out (mirar las cosas sub specie aeternitatis, bajo el ángulo de la eternidad, que diría Spinoza, fumeta original y príncipe del panenteísmo, una teoría que Sampha parece haber abrazado recientemente) para ver dónde estás realmente. Y supongo que en ese continuum puedes tomar una foto de ti mismo hoy, o ayer, pero también puedas, quizá, tomar una foto de ti mismo mañana. Cuanto más capaz seas de abstraerte, más capaz serás de hacerte una idea sobre ti mismo. No sé, la realidad parece ir cada vez más a la deriva y necesito algo a lo que aferrarme, algo que me reafirme en mi lugar en el mundo, algo que le dé entidad de realidad a la realidad, ¿me entiendes? Mi vida es parte de todo el viaje de mi familia, por ejemplo, y cuando lo entiendo así todo adquiere un significado completamente diferente. De todos modos, tampoco es que le diera muchas vueltas al nombre, ¿eh? Me sonaba muy bien y a veces simplemente articulo y pienso las cosas después de hacerlas.

Puede parecer un álbum personal, pero yo creo que está claro que es un disco que apela a cosas más comunitarias.

Desde luego, aunque solo sea porque lo he hecho con mucha gente y he estado rodeado en casi todo el proceso. Aunque esté hablando de mi viaje en concreto, no sería lo mismo sin toda la gente que me ha ido acompañando, y quería hacer patentes esas emociones universales, esa idea de que la experiencia de uno no es más que el reflejo de las experiencias de otros, de que todos estamos conectados de algún modo. En este disco he intentado canalizar emociones personales de una manera muy universal.

Quizá “Process” sí puede parecer muy introspectivo, pero realmente no has dejado de colaborar con artistas desde que empezaste. Con Kendrick Lamar o con SBTRKT, por ejemplo, has currado siempre, incluso en sus últimos discos. No creo que seas una persona tan introvertida.

No es eso, pero sí he tenido que encontrar un balance. Puedo ser muy introvertido, pero tengo claro que necesitamos a los demás, que es importante cuidar nuestras relaciones y mantenerse sociable. Y hacer música con otras personas, además, tiene algo trascendental.

Una palabra que encaja muy bien en el último álbum de Kendrick Lamar y, bueno, también en Little Simz o Stormzy, artistas de los que también te rodeas.

Vivimos en una época con muchísima información. Demasiada. Entiendo que eso nos hace tener más presentes cosas como la espiritualidad, la familia o la naturaleza, y ser más conscientes de los problemas que atravesamos como sociedad. Es normal que muchos artistas sintamos la necesidad de expresarnos de esa forma más espiritual, y es cierto que han salido muchos discos espirituales en los últimos años, es algo que está en el aire.

Has trabajado con El Guincho para producir este disco. ¿Qué buscabas en él y qué tal la experiencia?

Conozco su música desde el primer disco, porque compartíamos sello e hice como un remix de una de sus canciones, “Antillas” (no lo busquen; nunca llegó a editarse). Y luego me flipó el segundo disco de Rosalía, “El mal querer” (2018). Y cuando se mezcló todo en mi cabeza con la música de África Occidental que estaba escuchando, como que di con la clave. Encontré muchos nexos comunes, muchas sonoridades hermanas… Todo hizo clic y supe que tenía que llamar a Pablo. También tiene experiencia con rollos más orquestales y en ese momento creí que iba a entender a la perfección los lugares a los que yo quería llegar. Ya había escrito gran parte del disco antes de empezar a trabajar con él y tenía algunas canciones hechas, y la idea era que él me ayudara a arreglarlas. Pero empezamos a trabajar juntos en las canciones y cuando estábamos ya al final del proceso hicimos un par de canciones juntos desde cero y le dimos otra vuelta a los arreglos del disco. Vamos, que el final del proceso se terminó alargando otros seis meses (risas).


Entrevista por Diego Rubio || Foto: Jesse Crankston

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