Portada del single 'I Wanna Be Software' de Grimes y Illangelo

Música del futuro: El auge de la inteligencia artificial

Análisis que demuestra cómo la tecnología y la música se dan la mano una vez más

La expansión de la inteligencia artificial ha barrido en los últimos meses el marco conceptual de un futuro convertido, de la noche a la mañana, en presente. Su crecimiento exponencial, y la popularización de herramientas como ChatGPT, ha desajustado la escala temporal en la línea cronológica que cubre los avances tecnológicos. También su estallido ha cogido descolocados a reguladores y legisladores, quienes han llegado tarde al marcaje; oteando, a un paso o dos de distancia, la influencia y los efectos sobre muchas esferas de la sociedad. Factores arrojados con insistencia, y calor, al debate público y que no hacen más que constatar el intento de todos por asimilar el que podría ser el invento tecnológico más disruptivo desde la llegada de Internet.

Y como con cualquier avance que dinamita los preceptos y estructuras (teóricas y prácticas) del presente, su aceptación se produce bajo algarabías o, por el contrario, a regañadientes, al menos para aquellos que ven un efecto erosionador, o incluso, un riesgo existencial en su proliferación descontrolada. Mientras algunos abogan por regular su diseminación, otros se inclinan por abrazarlo sin remisión. Dialectales enfrentadas que se repiten ante cada nuevo giro tecnológico acelerado.

También el escenario musical sigue el fenómeno con cierto recelo o euforia, según la posición adoptada. Los últimos ante la abertura de un nuevo ventanal que abre un sinfín de posibilidades creativas, incluso sin necesidad de ser un avezado compositor o saber manejar un instrumento. Por el contrario, para los primeros entran en juego varias crisis o impactos que pueden agrietar su ecosistema. No solo la posible pérdida laboral, o de estatus dentro de la industria, sino también por generar dudas sobre la autoría (y, por ende, los derechos de explotación), el plagio, la creatividad y el esfuerzo técnico ligados históricamente al arte musical. Son muchas las cuestiones y preocupaciones que permean. A continuación intentamos desglosar algunas.

Profanar el sueño de los muertos

Estas últimas semanas se han intensificado las muestras de música generada total o parcialmente con herramientas IA. Desde MusicGen de Meta, cover.ai, So Vits Svc, Google MusicLM y demás opciones que van copando el mercado. Cada una con sus especificaciones y especialidades: desde crear piezas instrumentales a partir de texto, editar una canción existente u ofrecer un ritmo o melodía de partida.

Las muestras son numerosas y al alcance de todos – hay incluso webs, como AI Hits, que recopilan las mejores canciones que hacen uso del nuevo juguete en boca de todos. Desde covers transmutados (y pervertidos) como el “Barbie Girl” de Aqua por Johnny Cash, crossovers entre The Weeknd y Michael Jackson, soportes que emulan a Oasis, Eminem – David Guetta se apropió de la voz del rapero de Missouri para una de sus sesiones- The Weeknd o Drake, y hasta el propio Paul McCartney haciendo uso para resucitar la voz de John Lennon en algo que ha empezado a vender como la “última canción de los Beatles”. En algunos casos, como la colaboración ficticia entre The Weeknd y Drake, con resultados sorprendentes. “Heart on my Sleeve”, que hacía uso de la voz de ambos artistas canadienses, fue gestada por el usuario de TikTok ghostwriter977 y se convirtió en el primer éxito de un tema de estas características. Tal fue la repercusión que UMG (Universal Music Group) se lanzó a su persecución legal. En todo este ramillete de usos ya entra en liza un tema fundamental en la discusión pública: la voluntad vulnerada de uno o más implicados para el uso de parte o partes de su talento artístico con los que se da forma a un tema generado por IA. Creo que no se peca de sagaz por imaginar a un Johnny Cash aireado con el cover de “Barbie Girl”. No sabemos si John Lennon se retorcería en la tumba al escuchar a su compañero McCartney beneficiarse de su voz emulada. No es nada nuevo en el mundillo… catálogos y cajones han sido revueltos por la industria para seguir rentabilizando a sus artistas, especialmente, aquellos que ya no podían dar su consentimiento; quedando así con una duda imposible de resolver, pero cubierta con sustanciosos ingresos para los herederos.

No es el caso de Grimes, quien en vida ha cedido su voz para que cualquier usuario haga creaciones musicales valiéndose de su talento vocal. A través del sitio web Elf.tech pone su voz digital para aventuras comerciales pero asegurándose el 50% de los derechos de autor.

Sin embargo, ahora en la ecuación se añade que cualquiera puede usurpar las cualidades vocales de Janis Joplin, o los riffs salvajes de Jimi Hendrix. ¿Se respetará el designio del (los) implicado(s) o será la era del profanar a discreción? Sea como sea, parece claro que proliferarán versiones y crossovers desprejuiciados sin la aprobación expresa de los artistas implicados. Con esas derivas el entuerto sobre la autoría se complicará, algo que, sin duda, será tema de disputas legales en el horizonte cercano. Pero también, como ocurre con el deepfake, se corre el riesgo de una alteración de la realidad musical en que resulte complicado para los oyentes discernir entre sonido real y fake.


¿Sueñan los androides con ovejas millonarias?

Un punto (el anterior) que nos lleva al siguiente. Uno de los temas más candentes en la implantación de la inteligencia artificial generativa es la resolución de los derechos de autoría. Factor elemental para determinar los derechos de explotación, necesarios tanto para cobrar royalties de canciones que devengan éxitos fulgurantes como para emitir demandas judiciales por beneficios inapropiados. La principal cuestión que vuela en el ambiente, sin una respuesta definitiva, es si se le puede atribuir una autoría a una máquina.¿Se repartirán los dividendos entre los ingenieros de la herramienta utilizada y el usuario que diera con las teclas afortunadas de un gran éxito?¿Qué pasaría con las aportaciones parciales o totales (consentidas o no) de artistas de carne y hueso?. Por ejemplo, en el caso de la canción de Johnny Cash. ¿habría que repartir regalías con la familia de Cash y los miembros de Aqua? Todas esas son preguntas pertinentes que se encuentran sobre la mesa de debate, y que se prevén difícil de desencallar ante los tremendos beneficios en juego. De hecho, Universal Music ya se ha manifestado a la contra en una carta abierta publicada el pasado abril, alegando la violación de los derechos legales de los artistas, y exigiendo a plataformas como Spotify y Apple que impidan que las herramientas IA extraigan melodías y letras de sus artistas. Y pese a la presión de los grandes jugadores, en países como Reino Unido y China ya existen precedente judiciales que avalan la protección por derechos de autor de obras creadas por ordenador y/o software IA. Son los casos de Novoa productions Ltd y Mazooma Games Ltd en Reino Unido, y el de Tencent Computer y Shangai Yingxun en China.

Un contencioso que amenaza con agravarse en los próximos meses.

Esfuerzo creativo VS disfunción técnica

Otra de las dicotomías que sobrevuelan el espacio sináptico de músicos, profesionales y aficionados es el careo entre la carga creativa, apoyada por un aprendizaje, de menor o mayor esfuerzo según cada caso, que convalidaba al músico, arreglista, productor, cantante, etc. con una habilidad técnica que ahora, con la irrupción de la IA, queda en empeño innecesario. Ni años de conservatorio ni solfeo, ni clases de piano o guitarra, ni horas dedicadas a tocar el saxo o al aprendizaje de Ableton, la popularización de la IA desacredita el esfuerzo que lleva implícito el aprendizaje de un instrumento, la formación por cuenta propia o ajena que posibilita conocer en profundidad las interioridades del oficio musical. Una tendencia que se irá haciendo más evidente a medida que la técnica IA se perfeccione. Todo esto conduce a una pregunta inevitable: ¿Puede un arte ganarse su consideración como tal sin el aprendizaje previo ni el ejercicio de una habilidad determinada por parte de quien lo propone y ejecuta? ¿O el aprendizaje de estas nuevas técnicas será un sustituto de esa fase formativa imprescindible en la consagración del artista?

Originalidad versus homogeneización

Otro de los grandes debates generado por la disrupción tecnológica que, a su vez, está ligado con el punto de arriba, es la lucha de la originalidad contra la previsible homogeneización de contenido musical que supone la democratización en su creación. Que cualquiera, indistintamente de su aprendizaje, sus gustos, su criterio, sus modales artísticos, sus circunstancias que lo conviertan en un humano con un talento diferenciador, pueda crear un tema o un álbum podría verse como algo beneficioso para desabrochar una creatividad y una voz propia sin verse limitado por oportunidades recibidas, ingresos económicos o atributos adquiridos. El riesgo sin embargo es que la originalidad deje de ser un bien preciado, dejando así la puerta abierta para que la cantidad se imponga a la calidad, y con ello un reguero de canciones impersonales e inanes saturando las grandes plataformas como Spotify. Se requerirán entonces prescriptores o mecanismos para diferenciar el grano de la paja. Por el lado positivo, también podría darse que el uso de la tecnología generativa diese con sonoridades o nuevos géneros musicales que fueran luego acogidos por los profesionales del medio sonoro.

También parece claro que, pese a las reticencias iniciales, y en caso de consolidarse las grabaciones IA, la industria intentará sacar tajada para no verse comprometida. Se está viendo ya detrás de las prolongadas y firmes huelgas de los guionistas y actores de Hollywood que protestan ante el peligro que supone el avance de la IA y la idoneidad de los estudios por ir prescindiendo (poco a poco) de hasta ahora piezas claves. Se observa también con unas grandes plataformas, como Netflix, apostando cada vez más por algoritmos y estructuras de aprendizaje automático para ofrecer a los usuarios aquello que determinen los metadatos, provocando así un circuito cerrado de contenido estandarizado. La misma tesitura puede darse, y se da, en el terreno musical. ¿O acaso no es el sueño de toda discográfica explotar una canción o disco sin tener que pagar los derechos de autor ni responder a las exigencias del artista?

¿Puede haber entendimiento?

Podríamos extendernos con conjeturas y proyecciones del nuevo marco saliente tras la imparable expansión de la IA en nuestro día a día. Verter opiniones a favor y en contra. Pero por el momento nos quedamos con opciones intermedias. Porque la IA más que sustituir al artista, debería ser un apoyo con el que este pueda contar para desarrollar sus propuestas.

Así lo entienden músicos que hacen uso de estas herramientas sin perder su identidad. Es el caso de Holly Henrdon, una de las más resolutivas y beneficiadas con las nuevas tecnologías. Aunque no es la única. Pet Shop Boys también han abrazado sin remilgos las ventajas asociadas a la técnica disruptiva. Dentro de nuestras fronteras Maria Arnal es una de las que no rehúsa de su uso para expandir su universo sonoro. Sin ir más lejos en su último disco, “Clamor” (Fina Estampa, 2021), en un tema en el que comparte espacio con Marcel Bagés y la mentada Holly Herndon, transformó el canto de la Sibila por medio de IA y voces sintéticas.


Como aficionados a la música, a esa que desprende un calor humano con el que identificarse, las múltiples herramientas de la IA deberían actuar más como un complemento, que como un sustituto. Aunque el debate sigue abierto en todos los frentes posibles.


Escrito por Marc Muñoz || Foto: Portada del single 'I Wanna Be Software' de Grimes y Illangelo

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