Dolly Parton

Dolly Parton: la mujer que se convirtió en su propio género

Tras su muerte, repasamos la vida de Dolly Parton, la mujer que convirtió la pobreza, el country y el exceso en una de las mayores fantasías del pop

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Dolly Parton fue una de esas personas que parecían haber existido siempre, como Coca-Cola, Barbie o Mickey Mouse. No exactamente porque fueran inmortales, sino porque habían conseguido desprenderse de la biografía y convertirse en iconos. A estas alturas, probablemente hubiera gente que conociera a Dolly Parton sin haber escuchado nunca un disco suyo: sabían que llevaba el pelo enorme, las uñas enormes, los vestidos imposibles, que había escrito “Jolene”, que Whitney Houston había convertido “I Will Always Love You” en un acontecimiento planetario y que existía un parque llamado Dollywood. Era una situación extraña para una cantante: haber llegado al punto en el que la música era solamente una parte de lo que significaba su nombre. Dolly Parton fue más que una artista. Fue una idea pop.

La historia, sin embargo, empezó de una forma mucho menos pop: en las montañas de Tennessee, en una familia de doce hermanos, en una casa donde había poco dinero pero muchas canciones. Dolly descubrió muy pronto que la música podía ser una salida, y a los trece años ya estaba actuando en el Grand Ole Opry. Cuando llegó a Nashville, siendo todavía una adolescente, llevaba consigo una voz reconocible, una enorme capacidad para escribir canciones y algo todavía más importante: la certeza de que quería ser mucho más que una cantante de country. Su colaboración con Porter Wagoner la convirtió en una estrella de la televisión y del country, pero también le planteó el primer gran problema de su carrera: cómo dejar de ser la chica de otro para convertirse en Dolly Parton. En 1974 escribió “I Will Always Love You” para despedirse de Wagoner. La canción funcionó como ruptura profesional, declaración de independencia y, con el tiempo, como una de las mejores inversiones musicales de la historia.


Porque Dolly entendió muy pronto que una canción podía ser una máquina de fabricar futuro. Durante los setenta escribió “Jolene”, “Coat of Many Colors”, “9 to 5” y la mencionada “I Will Always Love You”, canciones que parecían sencillas pero escondían una extraordinaria capacidad para condensar personajes, conflictos y emociones en tres o cuatro minutos. “Jolene”, por ejemplo, era prácticamente un thriller psicológico en miniatura: una mujer le suplicaba a otra que no le quitara a su marido porque sabía que no podía competir con ella.

Y mientras las canciones crecían, también crecía el personaje. El pelo, el maquillaje, los escotes, los vestidos, las uñas, la voz, las bromas sobre su físico: Dolly empezó a exagerarlo todo hasta convertir la exageración en identidad. Aquí estaba probablemente su gran secreto. Nunca intentó escapar de la caricatura; se convirtió en la autora de la caricatura. Si el mundo iba a verla como una rubia artificial, excesivamente femenina y ligeramente ridícula, ella sería todavía más rubia, todavía más artificial, todavía más femenina y mucho más divertida.

Después llegó Hollywood. “9 to 5” (1980) la convirtió en estrella cinematográfica junto a Jane Fonda y Lily Tomlin y le proporcionó otro gran éxito con la canción que daba título a la película. Más tarde llegarían “The Best Little Whorehouse in Texas” y “Steel Magnolias”, demostrando que Dolly podía funcionar delante de una cámara incluso cuando no estaba cantando. Pero lo fascinante era que nunca tuvo necesidad de abandonar su personaje para demostrar que era una artista seria. No necesitaba quitarse el maquillaje para que descubriéramos que era inteligente. No necesitaba vestir de negro para que entendiéramos que sus canciones hablaban de cosas importantes.


En 1986 llegó Dollywood y la operación se volvió todavía más delirante. Dolly no se limitó a ser una estrella: convirtió su propio universo en un lugar físico. Montañas, música country, comida sureña, atracciones, artesanía, nostalgia, infancia y espectáculo, todo reunido bajo su nombre. Era casi como si alguien hubiera cogido su biografía y hubiera preguntado: “¿Y si pudiéramos entrar dentro de ella?”. Lo extraordinario era que la operación, que sobre el papel podría parecer una gigantesca explotación comercial de una marca personal, nunca terminó de sentirse fría. Dolly conseguía que el negocio pareciera una extensión de su personalidad, y no al revés.


La prueba definitiva llegó en 1992. Whitney Houston grabó “I Will Always Love You” para “El guardaespaldas” y convirtió aquella vieja canción country en uno de los mayores fenómenos de la historia del pop. Whitney aportó la voz monumental; Dolly conservó algo quizá más importante: la propiedad de la canción. Era una demostración perfecta de su talento para crear composiciones capaces de sobrevivir a su autora.

A partir de ahí, su carrera dejó de necesitar una lógica convencional. Podía volver al bluegrass, grabar gospel, aparecer en películas, colaborar con estrellas jóvenes, construir un imperio empresarial o convertirse en una especie de icono queer y camp sin haber tenido que cambiar esencialmente nada de sí misma. Dolly era demasiado country para ser pop, demasiado pop para ser solamente country y demasiado consciente de su propia imagen para ser reducida a una simple cantante. Mientras otras estrellas intentaban reinventarse cada pocos años, ella hizo algo mucho más difícil: se convirtió en una constante.

Dolly Parton terminó siendo mucho más que una leyenda del country. Su influencia atravesó generaciones porque no dependía únicamente de las canciones. Dependía de una imagen reconocible en medio segundo, de un sentido del humor perfectamente calibrado y de una filosofía que podía resumirse así: si vas a convertirte en una caricatura, asegúrate de ser tú quien dibuja.

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