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Entrevista a Vera Fauna por 'Los años mejores', su nuevo álbum

Vida y color

Es una mañana tranquila de final de invierno en la sevillana Plaza de San Julián. Los cinco componentes de Vera Fauna han quedado para desayunar al sol después de tiempo sin verse. Jaime Sobrino (bajo) acaba de llegar a la ciudad tras un mes en Inglaterra por motivos laborales, mientras que Javi Blanco (guitarra) también ha venido desde Barcelona, donde reside por la misma razón. Están alegres, radiantes y con muchas ganas, en vísperas del que bien podría ser su concierto más importante hasta entonces: la presentación en el Teatro Lope de Vega –se celebró el 3 de marzo– de su segundo álbum, “Los años mejores” (Ernie, 2023). Nos citamos con la formación al completo, en la que también encontramos a Kike Suárez (voz, guitarra y letras), Juanlu Romero (batería) y el recién incorporado Álex Fernández (teclados y saxo). Entre ellos se nota una estrecha complicidad y los cinco hablan por los codos, mostrándose como buenos conversadores ante cada cuestión que surge.

Tienen entre 28 y 37 y años, pero, para la mayoría de ellos, este es su primer proyecto musical y, para todos, su primer grupo importante. Vera Fauna nació en 2016, de un modo un tanto dubitativo. “Empezamos desde cero a hacer música juntos y nos estuvimos midiendo, jugando desde la psicodelia a ver lo que podíamos construir. Luego eso se ha ido alimentando del factor local, hemos cogido las ideas que más nos motivaban y las hemos ido puliendo”, comienza exponiendo Blanco, mientras sus compañeros completan el discurso: “Lo que nos pone cachondos a todos es hacer algo novedoso, sorprendernos a nosotros mismos. Estamos continuamente buscando referencias nuevas y diríamos que nuestro factor común es el hambre de hacer cosas que no hayamos escuchado antes, aunque luego nos hayamos reconocido en bandas como Pony Bravo y otras muchas”. 

Sin duda se percibe cómo fluye una cadena de ADN que parte de Veneno y Pata Negra, se filtra también en el discurso antigentrificación de Califato ¾, toda la escena psicodélica sevillana y artistas inclasificables como el escritor y performer Fernando Mansilla, a quien Vera Fauna ya citaban en un par de temas de su anterior álbum, “Dudas y flores” (Ernie, 2020). Nos encontramos, de hecho, a escasos metros de Moravia 6, dirección que titula una de esas canciones y que, en la mitología mansillista, tiene un lugar destacado por ser donde se sitúa el inicio de su novela “Canijo” (2013). Hablamos de una figura de ultraculto en la contracultura hispalense aunque escasamente conocida fuera de ella, y que a la banda le confiere una especie de sentido de pertenencia: “Nos recuerda lo que es habitar en estas calles y tener que abrazarse a la cultura para sobrevivir”,indican, mientras las campanadas de la iglesia más cercana atruenan como luchando por silenciar ese discurso. “Otra cosa que tenemos en común todos estos grupos es que nos encanta hablar de Sevilla”, añaden.

Pero ellos, al principio, no fueron profetas en su tierra. Debutaron con un primer single, “A | B”, en 2016, al que seguiría el EP “Relieve” en 2017 y otro sencillo, “Somango”, con la colaboración de Bronquio, un año después. “No se entendía al grupo”, remarcan ellos. El punto de inflexión fundamental fue el propiciado por “Los naranjos”, el segundo tema de adelanto de “Dudas y flores”, que se convirtió en una canción bandera para mucha gente en cuanto llegó la crisis pandémica. “Con ‘Los naranjos’ expuse una vivencia muy íntima”, revela Kike Suárez. “En verano de 2018 me vi postrado en la cama de mi padre, iba teniendo pequeños ataques de hipocondría. Si salía de la cama pensaba que tenía el bazo inflamado y así. Escribí la canción y, de repente, al tener que cantarla delante de la gente hubo como un autoboicot; no me la quería aprender y cantarla bien porque sentía resistencia a compartir esa intimidad. Luego me fui dando cuenta de que, si haces una canción, tienes una responsabilidad con la gente”. Y la gente hizo suyos versos como “No sé qué tiene el aire que me vacía / Llevo dos días sin sol, que alguien me escriba”.

Diría que el mayor atractivo de las canciones de Vera Fauna radica en cómo plasman pequeñas historias desde el interior, con gran mimo y atención por el detalle. Les gusta citar lugares concretos con los que han construido su propia psicogeografía, te hacen imaginar al personaje protagonista en un lugar con sus colores y sus aromas, mientras del sonido de las guitarras parecen refulgir rayos de luz. “Me daría pavor que al final nos acabemos convirtiendo en una máquina de fomento del turismo”, bromea el vocalista, aunque encantado con esa idea de la psicogeografía. “A veces mencionamos lugares concretos para dar más realismo a lo que estamos contando, pero no es por reivindicar de dónde somos ni nada de eso. Te dejas la piel en ello ahí, porque estás cantando algo que te sucedió de verdad”, añade el bajista. “Nos gusta mucho aludir a todos los lugares, desde el lavadero a la cocina, el balcón, el banquito...Hay referencias espaciales en un sentido sinestésico incluso, el olor de la cafetera...”, completa el batería. “Y, a nivel narrativo, el hacerlo tan local lo vuelve mucho más universal”, zanja el teclista.

Kike Suárez lanza algunas pistas sobre las cancionesCandelaria’, del disco anterior, es el duelo por cómo la generación de mi abuelo desaparece y deja una ciudad que no se sabe en qué se va a convertir”. En cuanto a “Casa Carreras”, del actual, matiza que hay una pequeña trampa, ya que no se refiere a ningún local que se denomine así actualmente. “Esta canción le debe muchísimo a ‘Pastillas de freno’, de Estopa, tanto rítmicamente como en la estructura de los versos, y también a ‘Un plan”, de Manolo García”, revela. Lo interesante de ese tema es que está narrado desde la perspectiva de un camarero explotado y que, a pesar de ser esta una figura tan extendida en España –incluso entre tantos músicos que se han visto obligados a ejercer de ello–, no se recuerdan muchas canciones que reflejen esta realidad. “La clase obrera española, ahora más que nunca, está definida por los camareros, no por trabajadores de la industria o la construcción”, concede Jaime Sobrino. “En el imaginario de izquierdas un camarero no es tan fácil de ver o reivindicar como un peón, un minero o un camionero. Supongo que eso es también porque se suele considerar como un trabajo transitorio para otro mejor, cuando un minero lo era para toda la vida”.

La precariedad como motor de la vida cotidiana es un tema troncal de “Los años mejores”, como bien muestran las primeras palabras que canta Kike Suárez en el tema inicial, “Peso pluma”: “Empezaba el año bien / y ha subido el alquiler”. “Había que poner el tema sobre la mesa, porque se habla mucho de angustia generacional, pero yo lo que he tenido es una incertidumbre, un yugo y un peso, una precariedad que me ha dejado una huella muy profunda. Yo sigo yendo al supermercado con miedo a lo que va a poner en el tique a la hora de pagar; si paso el umbral de los veinte euros el pellizco y la respuesta de sobresalto están ahí. Entonces eso tenemos que gritarlo, porque es ansiedad sistémica, no solamente generacional. Todos somos sujetos pasivos de un contexto político”,explica el letrista. “Martes’ habla de la concepción del tiempo en el capitalismo. ¿Por qué es una mierda el martes? Porque funciona en un sistema económico que ha decidido compartimentar el tiempo de esa manera. Yo prefiero congelarlo, y, de repente, ver que a mi bonsái Joselito le dé un rayo de sol y dejarme sorprender. Y, vale, hacerme falso autónomo veinte minutos después, pero al menos he disfrutado de esos segundos”. “No somos como Eskorbuto o La Polla Records, pero con la música que hacemos, estéticamente estamos obligados a narrar lo político más desde lo vivencial”, argumenta el bajista. “Igualmente, nos sale de manera natural y esto es lo que somos. Otras bandas, como La URSS, se implican con colectivos, tocan en centros okupas y tienen una actitud coherente con su discurso. Nosotros comulgamos con ello, pero hemos consensuado otras normas de juego”.

Esas reglas, claro, también se aplican a las decisiones que tienen que tomar en su funcionamiento como grupo. Afirman estar todos muy de acuerdo en casi todo (en algún momento surge el término “veracracia”). “Con la precariedad que existe en el mundo de la música creemos que hay una responsabilidad por parte de todos a la hora de no aceptar ciertas cosas y profesionalizarte hasta el grado que puedas para respetar tu trabajo también”, indica el vocalista. “Hace ya tiempo tuvimos problemas con estas cosas. En algunos sitios nos han tachado de soberbios por defender nuestra idea, pero en mi hambre mando yo, y si estoy hablando de mi precariedad y me quiere patrocinar una gente que acaba de despedir a no sé cuántas personas o las tiene explotadas, pues mira, se me va a hacer un ulcerón. Eso nos ha pasado, y la respuesta ante ese ‘no’ ha sido muy, muy dura, de moverte la silla a ver si te caes y hacernos dudar entre nosotros. Hemos vivido situaciones muy cutres, de cobrar cantidades irrisorias...”. Se siguen cediendo la palabra entre unos y otros: “Cuestión de fondo dolorosísima es la vulnerabilidad de los proyectos. Hay tantas bandas que nos han volado la cabeza y que se deshacen al poco tiempo... Cuando Perro nos dijeron que no podían vivir de la música no nos lo podíamos creer. Hace poco, el productor y músico sevillano Jordi Gil nos dijo que, hace veinte años, una banda como la nuestra podría vivir de la música, pero ahora es completamente imposible”, concluyen. Afuera brilla el sol y es el momento de hacerse las fotos. Vera Fauna siguen contentos en esa mañana de marzo, disfrutando su ratito de gloria. 

Un cantecito, dos gallegos y un Mercedes blanco

Paralelamente a la grabación de “Los años mejores”, Vera Fauna preparó varios conciertos como banda de acompañamiento de Kiko Veneno, interpretando al completo el emblemático álbum “Échate un cantecito” (1992) con motivo de su trigésimo aniversario. La presentación se produjo en Sevilla, en el festival Monkey Week, el 25 de noviembre del año pasado. El resultado desconcertó a gran parte del público. Primero, porque el autor del disco no se colocó en el centro del escenario, sino a la vera de Kike Suárez, quien ocupó la aparente posición de líder. Y, sobre todo, porque las canciones sonaron completamente transformadas, casi irreconocibles. La experiencia era un poco como ver una versión hispalense de Bob Dylan y The Band.

Lo que hicimos con Kiko fue una residencia artística en diferido”, explica el vocalista. “Cuando tocamos en el Monkey había una energía desbordante”, van completando entre el resto de la banda. “Kiko nos tiró un guante de una manera superelegante y generosa al regalarnos sus canciones, porque él no se quería sentir el eje, sino ser un miembro más de la banda, y esa actitud hacia nosotros contribuyó a generar una confianza mutua en muy poco tiempo. Incluso fuera de nosotros, porque éramos gente acomplejadilla, en Sevilla hay muchos grandes músicos y nos ha costado encontrar nuestro sitio en la escena. A esa carencia que sentíamos de inclusión, de sentirnos músicos, ya le hemos dado el golpe de gracia sin que implique que nos pongamos en una posición osada ahora. Y cronológicamente no ha podido estar en mejor sitio, porque nos ha llevado a venirnos arriba y estar más confiados en nosotros mismos. Kiko nos ha apadrinado con mucho cariño”, lanzan entre unos y otros.

La colaboración en realidad comenzó antes, en 2021, cuando ambos se unieron para grabar el single “Martes”. La curiosidad es que fueron dos gallegos los que vislumbraron cómo caía de cajón juntar a los sevillanos. “Nuestro mánager, Josiño Carballo, se lo propuso a Carlos Mariño, el representante de Kiko”, informan ellos. Y, de modo real, no metafórico, Veneno llegó en un Mercedes blanco al estudio La Mina el día de la grabación. “Al parecer, eso es lo que él hace cuando quiere impresionar a la gente”, bromean los componentes de Vera Fauna.



Entrevista por David Saavedra | Foto: Pablo Asenjo

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