MILEY CYRUS

Miley Cyrus quiere que volvamos a bailar

En “Bass Persuades”, su décimo álbum, Miley se lanza al club para hablar de pantallas, deseo y de la necesidad de volver a estar cerca de los demás.

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Miley Cyrus firma su décimo álbum solo como Miley, sin el apellido, y lo hace con un disco de baile que parte de una constatación algo incómoda: la gente ha dejado de bailar. “Bass Persuades” es su primer trabajo desde que fichó por Atlantic, diez cortes (uno, el remix del tema principal) producidos junto a Kid Harpoon, Michael Pollack y su prometido, Maxx Morando, entre otros. Llega poco más de un año después de “Something Beautiful”, que vino acompañado de su propia película.

La artista ha pasado por muchas pieles a lo largo de veinte años: el club-pop de “Bangerz” (2013), el rock de “Plastic Hearts” (2020), la calma soleada de “Endless Summer Vacation” (2023), el maximalismo de “Something Beautiful”… y qué decir de su etapa como Hannah Montana. “Bass Persuades”, por el contrario, es un giro hacia el club. Esta vez, además, se ha quitado el apellido. Así, sobre un bajo hipnótico, en la canción que abre y da nombre al disco, Miley llega a una fiesta en la que nadie se mueve, cada cual absorto en su teléfono, y suelta el estribillo que lo resume todo, “the kids don't wanna dance”. No discute con ellos; “I don't wanna change your mind, the bass persuades”, canta, convencida de que la música hará el trabajo por el cuerpo. Les pide que suelten la pantalla, que vuelvan a lo analógico y a vivir la música en grupo.


Entre lo más oscuro y físico está “Different Religion”, un tema industrial y sucio grabado con la banda Model/Actriz, cuyos sintetizadores ásperos y voz grave empujan a Miley hacia su lado más turbio, además de “Innocent Ways”, con aire de electroclash, o “Aftermath”, que empieza como balada y acaba acelerada, arrastrada por un ritmo de baile. Conviven con baladas y medios tiempos como el piano eléctrico de “Orbit”, el soft-rock de “Let's Get Married” o el cierre de “Snow”, que crece hacia un final más denso y sombrío. Si el disco se sostiene entre tanta variedad es por su voz, uno de los grandes instrumentos del pop actual, que pasa del descaro a la fragilidad dentro de una misma canción.

Buena parte de esas canciones habla del amor y, sobre todo, de un deseo que se vive de lejos, sin llegar a tocarse. En “Orbit” se conforma con poco, “we don't have to touch, 'cause close is close enough”; En “Neon Signs”, un dúo con Andrew Wyatt, de Miike Snow, se ofrece como compañía de madrugada, “I may not be your man, but I can be your late night lamp”; y en “Different Religion” lleva el amor al terreno de la fe, con un dios propio hecho a su medida, “I've got my own God, he drives a fast car”. Es el mismo asunto que abría el disco: en un mundo donde casi todo pasa por una pantalla, Miley escribe una y otra vez sobre las ganas de tocar y de que la toquen, lo mismo en una pista de baile que en una cama.

En “Aftermath”, uno de los cortes más rápidos, se cuela la melancolía. Miley echa de menos “the future like a face I forgot”, esa promesa de algo mejor que nunca llegó del todo, y acto seguido se ríe de sí misma, “I'm sick of poets and being profound”. “This album happened fast”, escribió al anunciarlo, y el disco lo delata tanto en su cohesión como en alguna idea a medio rematar. Veinte años después de la peluca rubia y ya sin apellido, Miley sigue usando cada álbum como un diario de en qué punto de su vida está. Este la encuentra pidiendo, entre pantallas y frecuencias graves, algo tan básico como estar de verdad cerca de alguien.


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