Gara Durán se reconoce a sí misma en su primer disco
“GARA” es un trabajo viajero que recorre un momento vital clave para su autora, que atraviesa la muerte, el deseo, la nostalgia del verano y el agua dulce, los recuerdos prohibidos, el amor, el dolor, la pasión y las ganas de vivir, aunque sea en dirección a ninguna parte.
| Por Diego Rubio
Después de un EP esencialmente etéreo y onírico que situaba a su autora más bien en el pop fragmentado de la generación rusia-idk, “ALKIMIA” (2025), y de hacerse un hueco nuclear en la escena musical española gracias a su trabajo como compositora para artistas como Natalia Lacunza, Lara91k, Aitana, o a la excepcional dupla en estos asuntos que forma con su pareja, Gabriel Barrientos aka Barry B, la artista madrileña con raíces tinerfeñas entrega por fin su debut largo quizá en coordenadas no opuestas, pero sí mucho más fijadas a la tierra firme. Lo analizamos en algunas claves.
Pop orgánico y progresivo
Como Barry B o TRISTÁN!, Gara ha tomado la vía de El Royale tras destaparse como artista asociada al círculo creativo de rusia-idk, y su debut es orgánico en la línea de lo que hacen Teo Planell o sobre todo Roy Borland. Canciones expansivas, armadas junto a una gran banda, que incluyen arreglos orquestales y que son más ambiciosas en términos melódicos, persiguiendo un sonido esencialmente atemporal que por momentos (como en “Redada”) bascula entre el nuevo folclore de artistas como Sílvia Pérez Cruz y ese pop hipnagógico, sintético y preciosista que tenemos asociado a artistas como The Japanese House y a esa facción progresiva del sello británico Dirty Hit, y que brilla sobre todo en “Eterno aterrizaje” o en la ochentera “Antes de conocerte (ya te conocía)”, pura euforia new romantic.
La vida como celebración de la muerte
Tanto Barry como Gara han sufrido en estos años una pérdida cercana en su círculo de amigos, y gran parte del trabajo que hace la artista madrileña es aprender a vivir no a través de ella, pero sí en cierto modo en su honor. La vida, tras la muerte, adquiere un significado quizá más pleno porque nos damos cuenta, vívidamente, de lo que tal vez podríamos perder, y vivirla plenamente y de verdad, sin miedo, es uno de los grandes temas que sobrevuelan todo este disco. En la misma línea, “GARA” es un disco que se fija en los placeres de la naturaleza, en la contemplación de los paisajes, que utiliza muchísimas metáforas con sus colores y olores, y que disfruta de cada momento del viaje como si fuera el último. Como si todo, mañana, pudiera acabarse, y como si todo pasara por delante a toda velocidad, con el corazón herido guardado en el equipaje.
Una fotografía en movimiento
Todo “GARA” se mantiene siempre en movimiento hacia una dirección desconocida. Pasado, presente y futuro se cruzan bajo el sol en la carretera, como se enredan en la cabeza de Gara los recuerdos, las vivencias y los sueños que todavía no han sido. Las canciones, especialmente “Libélula”, “Mi loco cowboy” o “Una casa en el Teide”, apelan a geografías tanto emocionales como físicas y hacen pensar en un viaje no solo exterior, no solo físico, sino interior. Un crecimiento que no solo se manifiesta en las letras, sino que encuentra su horma perfecta en los arreglos de las canciones, siempre floridos, recargados aun cuando son minimalistas como en “Placer de vivir” (con Natalia Lacunza) o en “Tres estrellas”. Definitivamente “GARA” ha aprendido a dejarse llevar por el viento. Y que la lleve a donde la tenga que llevar.
Disfruta del 100% de las ventajas de SMUSIC haciéndote cliente Santander aquí