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El auge del house, un género musical sin fin

Poperos somos… y en el club nos encontraremos

El pasado 29 de marzo, Aitana montaba en el Lula Club de la Gran Vía madrileña “Alpha Club”, una fiesta promocional con la que presentaba su nueva etapa musical –vinculada a su nuevo disco, “Alpha” (Universal, 2023), que se lanzó el viernes 22 de septiembre– y su sencillo, “Los Ángeles”. Un personal descenso a los infiernos del club muy influido por el dance de los 2000 y el deep house en el que no solo muestra inquietudes musicales que desconocíamos en ella acercándose a la reciente moda del slap house –¿te suenan las sesiones de Bizarrap con Shakira y Rauw Alejandro, ese bajo como ondulantemente trotón?–, también abraza una estética noventera y una temática más adulta.

Podemos deducir que el viraje al club de las músicas populares es consecuencia natural de los confinamientos vividos a raíz de la parte dura de la pandemia. Una circunstancia que podría explicar, por ejemplo, el fulgurante éxito de Fred again.. tras “Marea (We’ve Lost Dancing)” o el ascenso imparable en nuestro país de Rigoberta Bandini. El caso es que el club, hoy, está de moda.

Siguiéndole la pista al beat

Pero por muchas vueltas que tratemos de darle a su actualidad, esto es algo que, realmente, viene de mucho más lejos. Discos como “After Hours” (XO, 2020) de The Weeknd o “Future Nostalgia” (Warner, 2020) de Dua Lipa llegaron como agua de mayo –de marzo, en este caso– y nos acompañaron en los momentos más duros de la pandemia, ayudándonos a fingir nuestras propias fiestas y quizá invitándonos a seguir por esa línea enérgica, pulsante y festiva que sigue teniendo eco hoy, pero del mismo modo demostraban que esto trascendía la pandemia: se habían diseñado antes y tan solo se beneficiaron de estar en el lugar adecuado y, sobre todo, en el momento idóneo. El pop, en el fondo, siempre ha estado muy cerca de la música electrónica; no hay más que fijarse en Donna Summer, que ya encarnaba esa idea de diva pop respaldada por un superproductor de música electrónica como Giorgio Moroder en los setenta.

Su relación, sin embargo, se estrechó más que nunca a partir de finales de los noventa, con Timbaland empujando desde la sombra las carreras de Aaliyah, Missy Elliot o Nelly Furtado o con The Neptunes, el dúo formado por Pharrell Williams y Chad Hugo, llevando al estrellato a Kelis o acompañando los primeros pasos en solitario de Justin Timberlake o Beyoncé. La plasticidad del pop, el espacio que ofrecía al productor para experimentar, lo hicieron conectar, vía Miami bass, con el dubstep y otros géneros de vanguardia que empezaban a fraguarse en Europa y, sobre todo, en las Islas Británicas, donde pop y electrónica ya habían afianzado su contacto gracias a géneros como el dance o los distintos “steps” del UK garage.

Detrás de todas estas aleaciones, de estas carambolas que en conjunto dibujan una compleja pintura sistémica, se encuentra la particular ley de la atracción que vincula lo popular y lo urbano. Una ley que funciona particularmente bien en el entorno del club por dos razones: su carácter igualador y su naturaleza como espacio seguro, controlado y curado por una comunidad en concreto. Las distintas disidencias –de clase, de raza, de orientación sexual– compartían en el club sus inquietudes, realizándose de formas diferentes por ciudades de todo el mundo: el house de Baltimore o el de Chicago, el vogue de Nueva York, el hardcore que comenzaba a extenderse como un virus por todo el Reino Unido o las distintas formas europeas del hard dance, el juke y el footwork, el Miami bass, el trap y el crunk, el grime, el Jersey o el Philly club, el deconstructed club, el tribal house o el changa tuki de Caracas, la guaracha colombiana, el dembow y otros ritmos antillanos, el kuduro, los nuevos afrobeats… Más de veinte años de exogamia estilística que explican que la música electrónica, como demiurgo invisible de todas las músicas urbanas, se haya convertido en el hilo conductor de la música popular.


Veinte años de mutaciones

La aparición durante la década pasada de actos masivos como Moderat, Bicep, Tale of Us o The Blaze y toda la ola de techno melódico, que siguen una línea mucho más introspectiva y alternativa de la EDM maximalista de los primeros 2010, servía para normalizar la presencia de músicas electrónicas en entornos generalistas, logrando sacarla poco a poco, al menos en su versión más “blanca”, del circuito especializado.

Pero el dance pop siempre vivió en una constante mutación. Durante los 2000, el eurodance, bandas como Cascada y artistas como Kate Ryan lo petaban en Centroeuropa al tiempo que Francia comenzaba su exportación mundial del french touch gracias a gente como Daft Punk, Bob Sinclair o Justice. Pendulum llevaban el jungle a las grandes audiencias, el house progresivo seguía ganando adeptos y Armin van Buuren consolidaba Armada Records como la Galia de las “cantaditas”. Aparecía M.I.A., respaldada por Diplo a la producción. Lady Gaga llevaba el electroclash al spotlight masivo, y Róisín Murphy ponía el electro a su magistral servicio. Kaskade, en EEUU, comenzaba a hacerse un hueco en el mainstream al abrigo del progresivo éxito del canadiense deadmau5 o del Ultra Festival de Miami, que dio en 2008 y en 2011 sus mayores saltos cuantitativos.

No era casualidad: aquel año Avicii publicó “Levels”, su primer gran hit; Skrillex, que venía de reclamar una repentina y desmedida atención con “Scary Monsters and Nice Sprites”, estrenó “Bangarang”; Swedish House Mafia, unión de Axwell, Sebastian Ingrosso y Steve Angello, lanzaron “Save The World”; David Guetta, “Titanium”, su millonaria colaboración con Sia, y Calvin Harris, “We Found Love”, con Rihanna. El hitmaker Max Martin –responsable de las carreras de Backstreet Boys y Britney Spears–, por su parte, hizo permear la influencia de todo aquello en sus producciones del momento para Katy Perry o Taylor Swift –mítico ese drop de “I Know You We’re Trouble”–.

Los 2010 traerían el maximalismo, pero rápidamente se encontraría con un backlash galopante allá por donde pasaba. Mientras Ellie Goulding continuaba erigiéndose como la nueva diva dance y Cedric Gervais llevaba la carrera de Lana del Rey a otro nivel de repercusión gracias al remix de “Summertime Sadness” –aplica algo parecido con Florence + The Machine o con Lykke Li, por ejemplo–, Robyn se confirmaba como la gran reina alternativa. Diplo y Major Lazor, a su vez, respondían con ese híbrido entre el house y el dancehall que fue el mumbatón, representado por el hito de “Lean On” con MØ. En Inglaterra la vía seguida fue la del post dubstep, con toda su infinidad de tentáculos e investigaciones sobre la bass music, incluido el future garage o un revival house que se tradujo en el debut de Disclosure: ahora que se cumplen diez años de su lanzamiento, conviene recordar que en “Settle” (Universal, 2013) ponían su voz varios artistas consolidados hoy como estrellas del pop, como Sam Smith, Jessie Ware, AlunaGeorge o London Grammar.

El propio Skrillex –o Stromae tras “Alors on Dance”– fue moderando paulatinamente su sonido hasta llegar, primero, a Jack Ü, y ahora a su presente en comandita con Fred again.. y Four Tet y mucho más cerca del canon inglés. Su show conjunto en Coachella este año tiene muchos paralelismos con el de Daft Punk en 2006, y evidentemente marca el signo de los tiempos en la relación de la música electrónica con la cultura de masas.

Genealogía del club para las nuevas generaciones

Decía que lo de la electrónica con el pop no es nuevo, pero sí es interesante fijarse en sus relaciones contemporáneas. Primero porque es evidente que hay una proyección de las popstars hacia el pop electrónico que se puede rastrear ni más ni menos que en Taylor Swift. Segundo porque el propio contexto favoreció el desarrollo de las estrellas de pop en el ámbito electrónico, como demuestran discos como “Melodrama” (Universal, 2017) de Lorde, “Masseduction” (Loma Vista, 2017) de St. Vincent, “El Mal Querer” (Columbia, 2018) de Rosalía, “Sweetener” (Republic, 2018) de Ariana Grande, “Honey” (Konichiwa, 2018) de Robyn o “Magdalene” (Young, 2019) de FKA twigs… incluso “More Life” (Young Money, 2017) de Drake. Y tercero, porque pese a todo, hay un fenómeno curioso en torno a cómo y cuándo se adaptan las distintas fórmulas de electrónica.

Rosalía o The Weeknd, por ejemplo, han conseguido llevar sonidos radicales al mainstream siguiendo el ejemplo de un Kanye West que se acercó a productores y artistas que, cada uno desde su lugar, estaban revolucionando el uso de la electrónica en la música pop: Daft Punk, Jay Paul, Bon Iver, James Blake, Oneohtrix Point Never, Gessafelstein, Mike Dean, Noah Goldstein… muchos de ellos, precisamente, han terminado asistiendo a la de Sesrovires y a Tesfaye en su ascenso más reciente, y su rupturismo apto para todos los públicos tiene bastante que ver con el avance de las disidencias musicales. Toda la ola PC Music consiguió consolidarse como una de las grandes factorías del nuevo pop no solo a través de sus artistas –A. G. Cook, Danny L Harle, Charli XCX, Hannah Diamond–, también de afines como Sophie, Christine & The Queens, Kim Petras, Caroline Polachek o Ava Max. Y el revival hardcore, junto con la post ironía y la vuelta del maximalismo y la hipertrofia –rítmica, melódica, estilística, cromática–, llegaron de la mano, culminando en un vibrante presente representado por 100 gecs, Ascendant Vierge o Brutalismus3000.

Por otro lado, la popularización masiva del drill a la europea, que tiene mucho de tech-house, tuvo eco en un fuego cruzado de escenas y sonidos durante los años previos de la pandemia que terminó cristalizando, entre otras cosas, en “Bad Guy” de Billie Eilish. Un sonido que supo entender también, desde nuestro país y adelantándose a todas las modas, Chico Blanco, aproximándose al tech-house desde la música urbana; su último tema, “ENAMORADODE”, sigue marcando tendencias abrazando el raptor house venezolano.

El mundo post Covid nos recibía con “Dákiti”, primera incursión de Bad Bunny en la música club de la mano de Jhayco; dos años después el puertorriqueño se montaba su fiesta universal con el megaéxito “Un Verano Sin Ti” (Rimas, 2022) y abrazaba el UK drill y el tech-house con esa salvajada que es “La Jumpa”, con Arcangel. Empezaba a asomar el fenómeno Bizarrap. Morad y Beny Jr., siguiendo el ejemplo de raperos franceses como MHD o PNL, se encomendaban a los bajos diluidos y al pulso deep, y la omnipresencia entre el pop de las nuevas generaciones de la gente vinculada al colectivo catalán Mainline Magic, con Alizzz siempre en el corazón, daba buena cuenta del interés en distintas aproximaciones de la música electrónica.

Drake, por su parte, lanzaba “Honestly, Nevermind” (OVO, 2022) siguiéndole la pista a distintas formas del house, devolviéndole la atención al jersey club y consiguiendo que tengamos, después, temas como “Just Wanna Rock” de Lil Uzi Vert o, más recientemente, “Baby” de Anuel AA y Quavo, “Where She Goes” de Bad Bunny, “4 PREZ” de Cruz Cafuné, “Brown Boy Bounce” de Abhir Hathi, “don’t liE” de Duki y Quevedo o “stunna islandd” de Rojuu y Steve Lean. El año pasado coincidieron, por poner solo dos ejemplos, dos lanzamientos que ponían la vista en “Erotica” (Sire, 1992) de Madonna en su treinta aniversario: “Sexy”, de Bad Gyal, y la sesión de Villano Antillano con Bizarrap; un triángulo que tiene el tech-house como incentro. Y, cómo no, Beyoncé abrazó su renacimiento electrónico como house diva en “Renaissance” (Parkwood, 2022).

Rauw Alejandro también se pasaba del pop electrónico más orgánico a algo mucho más cercano al hip-house y al dance, ese reguetron tan suyo que incluye synthwave, electro y futurismo cyberpunk, con “Saturno” (Sony, 2022). Y Zahara desnudaba su conversión ravera con un nuevo formato de directo, “La Puta Rave”, y con todo un disco de remixes –“Reputa” (G.O.O.Z., 2022)– en el que brillaba con luz propia la versión progressive de “berlin U5” con Alizzz mientras se reforzaba el peso de Perarnau en el sonido de la ubetense. La pareja artística, que también forma en _juno como un dúo electrónico, dejó también el año pasado un remix en clave techno melódico de “No me querías tanto”, de Natalia Lacunza. Así que no es extraño que otras artistas vinculadas al indie, como shego con “Steak Tar Tar” o Jimena Amarillo con “De la cabeza a los pies”, terminen abrazando las distintas formas del house. ¿Cómo no va a hacerlo Aitana?


Escrito por Diego Rubio || Fotos: Hugo Comte, Rimas Entertainment, Universal Music, Atlantic Records

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