Bad Gyal en el Sonar

Bad Gyal triunfa sobre grandes escenarios

Fiesta zillennial para callar bocas

Año 2017. Un amigo que sabe que me gusta Bad Gyal me convence para que vayamos a su concierto en la sala BeGood de Barcelona. Él ya la ha visto y me dice que voy a flipar: “Es que pone la canción y canta encima”, me advierte. “Eso lo hace todo el mundo, lo de poner los instrumentales y cantar encima”, pienso yo. Pero no digo nada. Y, cuando la artista sale al escenario, me doy cuenta de que “la canción” a la que se refiere mi amigo es “la canción” entera, incluidas las pistas de voz. Y que Alba Farelo canta encima –a veces; otras veces no– en una polifonía –casi una psicofonía– que da totalmente igual por una cosa que le sobra a la tía: actitud. Tiene un oído finísimo para los temazos y una presencia escénica magnética. El resto –es decir, la parte técnica– puede esperar.

Año 2019. Justo en la jornada en que Bad Bunny conquistaba el Sónar de Noche, Bad Gyal hacía lo propio con el Sónar de Día. Los que ya hacía tiempo que la seguíamos lo vimos claro. Era el lugar ideal y el momento justo, cuando incluso los más reacios empezaban a rendirse ante la evidencia de que el perreo estaba aquí para quedarse. Sin embargo, hubo quien criticó que a la artista le faltaban dos cosas: tablas y puesta en escena. La respuesta de los badgyalers era firme: dale un par o tres de años.

Y así llegamos a la noche del sábado 11 de febrero de 2023, en la que Bad Gyal congregó a 17.000 personas en el Palau Sant Jordi de Barcelona, en la primera de dos actuaciones que se sienten como hito en su carrera: la siguiente fue el día 17 en el WiZink Center de Madrid. Mientras me abro paso a la entrada del recinto, no puedo dejar de maravillarme con la legión de zillennials que corren de un lado para otro con modelazos imposibles que reproducen los de Bad Gyal, pero con un presupuesto inferior. Esta visión trae a mi memoria la magia de ser joven y apañar con dos duros y toneladas de imaginación lo que no puedes apañar con dinero, porque al dinero ni se le ha visto ni se le espera todavía en tu mísera existencia posadolescente. Este es el público de Bad Gyal: un público puramente inspiracional –que no aspiracional– y recalcitrantemente joven que tiene mucho pero mucho que decir durante sus conciertos.

Cuando Alba Farelo sale a los escenarios, tiene el fiestón montado en menos de diez segundos: bengalas, fuegos artificiales, humo, visuales con joyas y pistolas y champán, bailarines vestidos con outfits militares, un podio que preside Bad Gyal con la mínima expresión de ropa –top negro, minifalda con aberturas a los dos lados en un tejido transparente que deja a la vista la braga negra– pero con la máxima expresión del estilazo Y2K.

La ristra de hits empieza arribísima: “Blin Blin”, “Pussy”, “Su payita”… La apuesta de Alba está clara: más que un concierto –ya tú sabes: canción, parada, charleta, canción, parada, charleta, canción, parada, charleta… y así hasta el infinito y más allá–, lo suyo es un flow constante en el que las canciones se enlazan una con otra sin superar los dos minutos de duración. Porque el algoritmo nos ha entrenado para que nos aburramos con las composiciones largas y, oye, aquí estamos para gozarlo.

Sobre un podio central, Bad Gyal practica también una muy inteligente síntesis: está claro que no es una bailarina en la estela de Britney Spears o Christina Aguilera, pero también está claro que la tía se ha aprendido una buena ristra de movimientos que son altamente efectivos a la hora de ensalzarla como diosa que sabe mover su tremendo culón. El twerking es, de hecho, la base de los movimientos de los seis bailarines que la acompañan encima de los escenarios.

El directo de Bad Gyal no es un concierto al uso, sino una sesión de cardio vehiculada por un flow musical non-stop en el que las canciones se trenzan en una espiral ascendente de fuego, feromonas, sudor y adrenalina. Pisando fuerte el pedal acelerador del vocoder, a veces hasta límites de voz poshumana, todo lo que ocurre en el escenario está coreografiado como un ritual pagano alrededor de una figura central que apuesta por un poderoso y embriagador empoderamiento. Para ello, no duda a la hora de utilizar todas las herramientas a su alcance, ya sea la auto-hiper-sexualización del cuerpo o la flamígera arenga de letras que son coreadas en pleno por las almas que asisten a sus conciertos no porque quieran ser Bad Gyal, sino porque Bad Gyal les ha convencido de que son Bad Gyal. Ya lo he dicho más arriba: esto va de inspiración, no de aspiración. No va de alimentar el ego de una artista que se pretende superior al resto de los mortales, sino de inyectar en el público asistente la certeza de que todos somos Alba. Y, de hecho, durante sus shows, lo somos.

Todo esto también va de naturalidad sin subrayados, como demuestra que los dos bailarines se perreen el uno al otro con la misma frecuencia con que perrean con las bailarinas. También va de explosión finísimamente calculada: en determinadas canciones basta una palabra sembrada en el momento justo para que el público se estremezca. También va de un “a la mierda con lo que se espera de un concierto”, lo que significa que, si en una canción hay un featuring, pues suena la voz pregrabada del colaborador y la gente se vuelve igual de loca sin importar que no haya apariciones estelares por sorpresa. Y, sobre todo, va de un musicón en forma de stream of consciousness de dancehall, dembow y reguetón en el que no falta ninguno de los temazos de Bad Gyal: “Sin carné”, “Tú eres un bom bom”, “Tremendo culón”, “Santa María”, “Flow 2000”, “Zorra” y la bomba de hidrógeno final en forma de cierre con “Alocao” y, obvio, “Fiebre”.

Aunque, al final de todo, queda claro que todo esto va, fundamentalmente, de callar bocas. Porque en 2017 se criticaba que le faltaba solvencia técnica. En 2019 se criticaba que le faltaban tablas y puesta en escena. Pero en 2023 ha quedado claro que poco queda ya que se le pueda criticar a Bad Gyal: la suya es una propuesta sólida con un directo que roza la perfección en sus propios términos. Porque su perfección no se define a través de la voz de Mariah Carey ni del show multimillonario de Beyoncé. Su perfección se define como fiestón compartido con el público. Y, ahí, como suele decirse en inglés, Bad Gyal delivers. Vamos que si delivers. She delivers big time.


Concierto por Raül de Tena || Fotos: Sant Jordi y Sónar por Òscar Giralt / Primavera Sound Madrid por Alfredo Arias

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