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Crónica de los conciertos de Arctic Monkeys en España

Bajo la bola de espejos 

A la expectación propia de las veladas realmente especiales –las de gloria bendita, aquellas que se hacen de rogar y parece que nunca terminan de llegar: según el almanaque hacía diez años que el grupo de Sheffield no pisaba escenario madrileño no festivalero– se sumaba ayer un calor intolerable y sañudo, del que hace pupa y obliga a dar por bueno cualquier cobijo medianamente climatizado. Esto permitió que Willie J. Healey actuara ante un recinto prácticamente lleno que, además de pasar un rato bien majo con sus canciones, supo seguirle el rollo. Nada complicado en realidad, porque la propuesta del cantautor de Oxford –que compareció tocado por un sombrero rojo chillón y secundado por un cuarteto– es de las que produce afecciones inmediatas e instiga más escuchas, gracias a certeros disparos de indie rock pelín destartalado como “Songs For Joanna” –onda Lou Reed– o “Fashun”, con la que remató su turno y nos hizo recordar a Hefner.

En el entreacto, mientras la crew terminaba de poner orden sobre la tarima, escuchamos música de Gary Numan o Martha And The Muffins, entre otros muchos. Pero la canción que sonó justo antes de que se lanzara la intro pregrabada del concierto fue “The Boys Are Back In Town” (Thin Lizzy), subrayando que el regreso de Arctic Monkeys a la capital no iba a ser uno cualquiera. Empezó suave, con la magnética figura del cantante y ocasional guitarrista Alex Turner adueñándose del espacio-tiempo casi sin pestañear, vía “Sculptures Of Anything Goes”. Cómodo en su papel de crooner rockero, dueño de una elegancia natural libre de imposturas y sobrado de voz, desplegó sus muchas cualidades interpretativas sin caer en la tentación de los acentos o entrecomillados fuera de lugar. Fluyendo, que es gerundio.

Tras el sedoso preliminar, llegó el primer e inmisericorde arreón de la noche, con refrescantes notas de garage (“Brianstorm”), de hard rock (“Crying Lightning”) o de pop atemporal (“Snap Out Of It”). El paulatino aclarado de sonido tras una “The View From The Afternoon” abrumadora permitió llegar a “Why’d You Only Call Me When You’re High” en las mejores condiciones para que la comunión entre artista y público se tradujera en un sing-along ensordecedor, que reaparecería en varias ocasiones durante la hora y tres cuartos de espectáculo, registrando picos de excelencia guitarrera –olé Jamie Cook– en “Arabella” o “Pretty Visitors”.

No hay objeción posible a tanto entusiasmo. El amplio trecho que media entre la jarana de “Fluorescent Adolescent” y la emocionante serenidad de “There’d Better Be A Mirrorball” confirma la ejemplar deriva creativa de un grupo que ha querido acompasar su maduración a la del público que lo convirtió en abanderado rockero de la generación del milenio, con un frontman mayúsculo que arrastra a la multitud más allá del horizonte de sucesos sin esfuerzo aparente: es lo que sucedió con “Do I Wanna Know?” y también en “Body Paint”, que alargaron a placer en un ejercicio de intensidad sostenida que no está al alcance de muchos. Terminada la exhibición, al grupo le quedaba energía de sobra para llegar a la ceremonia del bis rompiendo como antaño – “I Bet You Look Good On The Dancefloor”– o manejando el tempo con maestría de (joven) perro viejo en una apoteósica “R U Mine?”, inmejorable bajada de telón para una cita sin peros que valgan.


Crónica por César Luquero || Fotos por Alfredo Arias

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