Blur

La energía incombustible de Blur

El reto de perdurar

Si la importancia de un grupo se juzga por cómo sobreviven sus canciones al paso del tiempo, entonces Blur es una de las bandas británicas más importantes de… siempre. El cantante Damon Albarn, el guitarrista Graham Coxon, el bajista Alex James y el batería Dave Rowntree pueden presumir de una obra que ha logrado captar el zeitgeist musical y la ola cultural de cada momento, y que sin embargo ha resultado siempre propia y original. Que ha bebido de algunas de las principales fuentes del pop británico –The Beatles, The Kinks, Pink Floyd, David Bowie, The Specials– pero que nunca ha parecido retro. Que ha logrado viajar por el mundo y abrir fronteras creativas sin renunciar a esa particular melancolía inglesa que le ha acompañado desde el principio y que se exacerba en cada entrega discográfica.

“No me gusta cuando dicen que nos reunimos”, aseguraba recientemente Damon Albarn en Madrid, en una rueda de prensa sobre “The Ballad Of Darren” (Parlophone-Warner, 2023), su último disco. “Me suena pretencioso y es incierto. Esto es lo que hacemos: canciones como Blur”, señalaba al respecto de su intermitente actividad en los últimos veinte años. Sea como fuere, esa sensación de que disfrutar de Blur –en directo o en el estudio– es algo fugaz redobla el sentimiento de que se está ante algo especial y siempre con la amenaza de que no vuelva a pasar. Graham Coxon también subrayaba en aquella cita con la prensa que se establece una química mágica cuando los cuatro miembros están juntos: “Cada vez es más emocionante y nos traslada la responsabilidad de que no vale cualquier cosa, de que tenemos que cuidar lo que hacemos”.

En busca de una misión

El origen de Blur se remonta al encuentro a principios de los años ochenta de Damon Albarn y Graham Coxon en la escuela local de Colchester, una pequeña ciudad en Essex, en la Costa Este de Inglaterra. Damon se acababa de mudar con su familia desde Londres y se encontró como pez fuera del agua en un lugar que no estaba tan lejos de la capital en distancia kilométrica, pero sí en lo emocional. “Esos ‘brogues’”, un tipo de zapato adoptado por la estética 2Tone, “no son los auténticos”, le dijo Albarn a Coxon para romper el hielo, afianzando sus respectivas personalidades desde el principio. Rápidamente establecieron una amistad como solo dos chavales flipados por la música pueden tener.

Tras la (inevitable) mudanza a Londres, a finales de aquella década Coxon se enroló en la escuela de arte Goldsmiths, donde conoció a Alex James, originalmente oriundo de Bournemouth y al que incorporaron como bajista. Dave Rowntree, un viejo amigo de Colchester, completó la formación sumándose como batería.

Seymour, que así se llamó en un primer momento el cuarteto, inspirado por el personaje de Seymour Glass de los “Nueve cuentos” (1953) de J. D. Salinger, estaba formado. Sus conciertos en Londres eran experiencias caóticas –y alcohólicas– que duraban poco y que mezclaban la intuición pop que desarrollarían después con psicodelia y la pasión de Albarn por la música de Kurt Weill. Una mezcla extraña que, no obstante, los llevó a firmar por Food Records, un pequeño sello que habían montado Andy Ross y David Balfe de The Teardrop Explodes –una curiosidad: la canción “Country House” iba sobre este último– tras un concierto en Islington en 1989. El cambio de nombre de Seymour a Blur fue auspiciado por la discográfica, que les presentó una serie de propuestas al respecto.

Poco después comenzó la grabación de lo que sería “Leisure” (Food, 1991), el primer álbum de Blur. El trabajo contenía los singles previos –“She’s So High”, “There’s No Other Way” y “Bang”– y tuvo una concepción difícil, algo que se comprueba en el propio disco. La curiosa mezcla de guitarras shoegazing y ritmos baggy lo hacen demasiado deudor de su tiempo, pero temas como “Sing” o “Wear Me Down” dejaban entrever la personalidad del conjunto. Con el tiempo es una obra que ha ganado considerablemente y que, además, los puso en contacto con Stephen Street, exproductor de The Smiths, quien dirigiría sus siguientes elepés.

El éxito de “There’s No Other Way” los aupó como hype fugaz que no duró demasiado. Un desarreglo contable los llevó a tener que realizar una larga gira por Estados Unidos que resultó clave en la historia de Blur. Cansados, con demasiadas resacas a cuestas y con el relativo desinterés del público estadounidense en plena explosión del grunge, sumió a la banda en una suerte de nostalgia por una Inglaterra imaginaria a la que pronto pondrían banda sonora. Blur había encontrado su misión.

Campos de Londres

El primer fruto de esa nueva etapa espiritual, musical y hasta de moda –adiós camisetas anchas y peinados de tazón; hola, polos, chaquetas de tres botones, Doc Martens y flequillos– fue “Popscene” (1992), single que aunque no resultó un gran éxito comercial adelantaba por dónde irían los tiros: guitarras afiladas, estribillos, sección de metales. Algo se estaba fraguando en Reino Unido. Una respuesta espontánea a la dominación cultural estadounidense que se iba colando a través de grupos como Suede, Pulp, Saint Etienne o los propios Blur. Un movimiento que más adelante sería conocido como britpop y que fue alentado por medios de comunicación y hasta políticos. Pero no nos adelantemos.

Estamos en 1993 y Albarn y sus muchachos van a publicar un disco que recibiría por título “Modern Life Is Rubbish”, nombre sacado de un grafiti que vieron cerca de Hyde Park. Las canciones parten de la tradición pop británica, pero con una vuelta de tuerca. En sus letras se cuelan personajes –Susan y Jim, los protagonistas de “For Tomorrow”; el veterano de dos guerras mundiales de “Sunday Sunday”; Colin Zeal en la canción homónima– que buscan dar una visión sarcástica de la sociedad de su país. Bastante más afilada y con una dosis mayor de mala leche de lo que algunos han intentado ver después. El trabajo tampoco fue un enorme éxito en las listas, pero sí demostró su categoría artística y, sobre todo, hizo arrancar una ola social y cultural en Reino Unido que duraría hasta 1997 y que los llevaría al estrellato.

Sin apenas descanso tras la gira de presentación y de nuevo con Stephen Street a los mandos técnicos, se pusieron manos a la obra con lo que sería “Parklife” (Food, 1994), su verdadero salto a la primera división musical. Abundando en el concepto de su trabajo anterior, pero llevándolo un paso más adelante en singles (“Girls & Boys”, “Parklife”, “End Of A Century”, “To The End”), variedad musical (pop británico, pero también music hall, punk, electropop, psicodelia) y en unos personajes más retorcidos, casi sacados de “Campos de Londres” (1989), la novela de Martin Amis. El resultado fue un éxito masivo, ventas que empezaron a contarse por millones, premios y el pistoletazo de salida de la era britpop-Cool Britannia.

Norte versus Sur. Clase trabajadora versus clase media

En uno de los episodios más flipantes de historia de la cultura pop, la coincidencia entre los lanzamientos de los nuevos singles de Blur y Oasis el 14 de agosto de 1995 paralizó informativamente al país. Un hecho inaudito que remitía a los años sesenta y que fue el inicio de una cruel y desaforada rivalidad entre ambos grupos. “Espero que el bajista y el cantante de Blur cojan el sida y se mueran”, llegó a afirmar Noel Gallagher al respecto. “Country House” y “Roll With It”, las dos canciones en competición, no eran ni mucho menos las más fuertes de sus respectivos repertorios, pero sí dieron pie a un millón de comparativas bastante absurdas: chicos malos versus chicos buenos. Norte versus Sur. Clase trabajadora versus clase media. Un puñado de arquetipos y lugares comunes que fueron adjudicados a cada formación, como un pequeño microcosmos de lo que era Gran Bretaña a mediados de los noventa.

Blur ganó esa batalla, pero perdió la guerra comercial del britpop. Oasis fueron más grandes y vendieron más. “The Great Escape” (Food, 1995) es quizá la entrega menos inspirada de su trilogía “Life”. Debajo de unas canciones llenas de melodías e instrumentación, yacía un disco que reflejaba un estado de ansiedad latente, un trabajo que es básicamente un ataque de pánico encubierto y que sumió a la banda en su primera crisis personal. Los conciertos con adolescentes en primera fila y vídeos supuestamente irónicos como el de “Country House”, dirigido por el artista conceptual Damien Hirst, un antiguo compañero de Goldsmiths, crearon incomodidad en Graham Coxon, que lidiaba su propia batalla con el alcohol.

Volver a asustar al público

En cualquier caso, “The Great Escape” y toda la locura alrededor del britpop –con invitación de Tony Blair a sumarse a su movimiento político, cosa que Damon Albarn rechazó, a diferencia de Noel Gallagher– provocaron un nuevo cambio en Blur. Buscando un sonido diferente e inspirado por unas cartas intercambiadas entre Damon y Graham en las que se hablaba de “volver a asustar al público”, el cuarteto publicó su quinto disco homónimo. La primera muestra de “Blur” (Food, 1997) fue “Beetlebum”, canción que resumía los puntos cardinales de la nueva etapa: un sonido más crudo y sucio, y letras que abandonaban los personajes que habitaban anteriores entregas para volverse más íntimas. “Song 2”, segundo single, fue un éxito global que les abrió las (ansiadas) puertas del mercado norteamericano.

Dos años después llegó “13” (Food, 1999). Triple salto mortal hacia adelante que afianzó el compromiso de Blur con la creatividad y libertad artística. Canciones que en su mayoría optaban por estructuras abiertas y que daban la vuelta sobre sí mismas con la técnica patchwork de William Orbit, el productor. La temática giraba en torno a la ruptura de Albarn con Justine Frischmann, cantante de Elastica. Damon jamás se había abierto como en el tema “No Distance Left To Run”.

Los problemas crecen

Mientras el prestigio del combo británico no dejaba de aumentar, algunos problemas iban surgiendo en su seno. Damon empezaba a estar tan ocupado con sus proyectos paralelos (Mali Music, Gorillaz) como con su banda principal. Graham seguía lidiando con adicciones y finalmente las tensiones internas explotaron en la grabación de lo que sería “Think Tank” (Parlophone, 2003), el séptimo álbum del conjunto. Coxon no se presentó a la grabación, que tuvo lugar entre Londres y Marrakech, y el elepé fue terminado en formato trío. El guitarrista tampoco estuvo presente en la gira de presentación, donde fue sustituido por Simon Tong (The Verve). Fin de los años dorados.

A partir de ese momento, cada miembro se dedicó a sus carreras en solitario o con otra gente y en proyectos diversos como la quesería de Alex James o la carrera política de Dave Rowntree. El éxito de Gorillaz crecía y la sensación es que la etapa Blur se había terminado para siempre… Pero no fue así.

En 2009 tuvieron lugar los primeros conciertos del grupo junto a Graham Coxon en casi una década. Un puñado de fechas por Reino Unido, incluyendo una histórica actuación en Glastonbury y sendos conciertos en Hyde Park. El emotivo reencuentro fue documentado en la película “No Distance Left To Run” (Dylan Southern y Will Lovelace, 2010). Pese a la química recuperada y la buena recepción generalizada, tuvieron que pasar otros tres años hasta volver a verlos sobre el escenario, en este caso gracias a la clausura de los Juegos Olímpicos de Londres.

Reencuentros inesperados

La intermitente actividad de Blur en la década pasada continuó en 2015. Esta vez con una gran novedad: además de gira mundial habría nuevo disco en estudio, el octavo. “The Magic Whip” (Parlophone, 2015), inspirado por unos días libres que los ingleses tuvieron en Hong Kong tras la cancelación de un festival en Japón, era un más que estimable regreso discográfico. Una suerte de recorrido estilístico por toda su carrera: del pop marca de la casa de “Lonesome Street” a la emocionante balada “My Terracotta Heart”, pasando por el arrebato punk de “I Broadcast”. Ahora sí daba la sensación de que igual la actividad tendría más continuidad… pero tampoco. Lo que no decaía era el frenético ritmo de trabajo de Damon, enrolado en todo tipo de proyectos.

Lo que ha demostrado “The Ballad Of Darren” y su gira en 2023 es que, tal y como ellos mismos explican, ya no se trata de reencuentros, sino que es una banda que cada cierto tiempo toca. Y graba discos: este último es una obra ambiciosa, que busca sorprender al oyente y que nunca opta por lo obvio en sus arreglos y melodías. Hay melancolía, no nostalgia. “Lo escribí durante la última gira de Gorillaz”, explicaba Albarn en Madrid. “Nadie sabía nada de ello y eso me permitió tener una libertad total a la hora de escribir, sin ninguna presión de ningún tipo”. El trabajo abunda en medios tiempos elegantes, llenos de emotividad, con letras que lidian con el lugar del artista en el mundo actual. ∎

Mutaciones brit

“Modern Life Is Rubbish” (Food, 1993)

El gran cambio. Treinta años después, mantiene su vigencia como buque insignia de una transformación musical y cultural que sacudió de manera inaudita al Reino Unido en la década de los noventa. Canciones memorables llenas de sensibilidad y melodías –“For Tomorrow”, “Bluejeans”, “Chemical World”, “Resigned”, “Sunday Sunday”, “Star”– que conviven con arrebatos de punk pop nervioso –“Advert”, “Colin Zeal”, “Copying”– y piezas de psicodelia maravillosamente extraña que demostraban que Blur ya vivían en su propia dimensión: “Oily Water”, “Pressure On Julian”, “Miss America”. Primera muestra de verdadera grandeza del grupo.

“Parklife” (Food, 1994)

Como sintonizar una emisora que pasara por lo mejor de la historia de la música británica. En la obra definitiva de Blur, el grupo paseaba por géneros y estilos como si nada. A veces da la sensación de ser un grandes éxitos. Prácticamente cada canción podría ser single. Hay synthpop (“Girls & Boys”), medios tiempos a altura de los mejores de Ray Davies (“End Of A Century”, “Badhead”), punk (“Bank Holiday”), post-punk (“Trouble At The Message Centre”), art pop (“Tracy Jacks”, “Magic America”), psicodelia (“Far Out”), music hall (“The Debt Collector”) y baladas elegantes (“To The End”). Obra maestra.

“Blur” (Food, 1997)

Disco pivotal para lo que sería la segunda gran etapa en la discografía de los británicos. Inspirados por el rock alternativo americano, por “The White Album” (1968) de los Beatles y por supuesto David Bowie (quizá la mayor influencia del grupo), presentaron una obra que apostaba por el riesgo musical en un momento en el que podrían haber optado por repetir ad eternum una fórmula que se había revelado exitosa. “Beetlebum” y “Song 2” fueron éxitos contundentes, pero había mucho más. “Death Of A Party”, “Strange News From Another Star”, “You’re So Great” y “Essex Dogs” son algunas de las joyas del elepé.

“13” (Food, 1999)

Si “Blur” había demostrado que los londinenses tenían un compromiso con la creatividad que trascendía con mucho sus ansias comerciales, su continuación –cronológica y espiritual– subrayó y multiplicó esa apuesta. Un disco construido a base de largas jams que luego editaba el productor William Orbit. El resultado del proceso fueron canciones largas, ambiciosas, con estructuras serpenteantes y letras que ajustaban cuentas con la relación rota entre Damon Albarn y su expareja Justine Frischmann, líder del grupo Elastica. “Coffee & TV” es prácticamente la única concesión pop de un trabajo que conviene escuchar con auriculares para advertir la profundidad de arreglos e interpretaciones.

“The Ballad Of Darren” (Parlophone, 2023)

Durante la gira que Gorillaz realizó por Estados Unidos en otoño de 2022, Damon Albarn se llevó un ingeniero de sonido con el que empezó a grabar maquetas. Esas demos terminaron por ser el último trabajo de Blur. Grabado en un relativo corto espacio de tiempo junto a James Ford, presenta canciones en tono de elegía que reflexionan sobre las ansiedades y preocupaciones de Albarn. Detrás de las melodías –elegantes, pero nada obvias– late un enjambre de ruiditos y arreglos oblicuos. Del pop marca de la casa (“The Narcissist”, “Barbaric”) a las baladas que son el corazón del elepé (“The Ballad”, “The Everglades (For Leonard)”, “The Heights”), pasando por arrebatos furiosos que demuestran que, camino de la sesentena, los cuatro miembros de la banda se niegan a conformarse (“St. Charles Square”). Un más que estimable trabajo que crece con las escuchas y que demuestra que Blur jamás tratará de vivir de los réditos. 


Escrito por Nacho Ruiz || Foto: Reuben Bastienne-Lewis

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