Tinashe

Tinashe y el vértigo de llegar a la cima

En “Popstar”, la cantante estadounidense se lanza a la electrónica de club y recorre a toda velocidad los sonidos del pop que siempre ha querido hacer, entre la euforia de haber llegado y el vacío de descubrir qué hay al otro lado.

| Por

Hay una canción a mitad de “Popstar” en la que Tinashe canta para un estadio vacío. Se titula así, “Empty Stadium”, lleva cuerdas como si se tratase de una banda sonora y una batería de breakbeat que no se está quieta, y describe a una mujer que ensaya el saludo, el agradecimiento y la última nota frente a miles de asientos en los que no hay nadie. Es la escena que resume doce años de carrera: Tinashe Kachingwe empezó a actuar de niña, pasó por un grupo de chicas que no funcionó y se grabó sola, en su cuarto, las mixtapes con las que RCA la fichó en 2012. Con “Aquarius” (2014) y el single “2 On” llegó justo cuando el R&B alternativo (el de FKA twigs o Kelela: voces de R&B sobre producciones oscuras, lentas y electrónicas, lejos del brillo de la radio) se había convertido en el sonido de moda, y “2 On”, con su base de club de Los Ángeles firmada por DJ Mustard, encajaba en las dos cosas a la vez. Después vinieron años de discos que llegaban tarde o que casi nadie oyó, hasta que en 2019 decidió publicarlos ella misma.

El estadio se llenó sin que ella lo viera venir, cuando en 2024 un verso de “Nasty” (“Is somebody gonna match my freak?”) se volvió viral en TikTok, y “Popstar” es el primer disco que graba sabiendo que hay público en los asientos. Éste lo ha llevado fuera del R&B de medio tiempo que había sido su casa y hacia la electrónica de club, con bases de hyperpop, breakbeats, UK bass, algún destello de acid house y un gusto por el glitch y la voz troceada que la acerca al pop deconstruido de Arca, que produce la canción de apertura. Lo que tiene de poco nuevo es que ese camino ya lo han recorrido otras justo antes: Charli xcx lo convirtió en fenómeno con “brat” en 2024, FKA twigs se fue a la rave con “Eusexua” a principios de 2025 y Kelela había mezclado R&B y club en “Raven” en 2023. Tinashe llega después, pero con una diferencia: donde aquellas levantaron un concepto cerrado, ella hace zapping. En lugar de un sonido, trae todos los que le gustan.

Lo que suena en ese estadio es una artista probándose todos los trajes de estrella del pop que ha coleccionado desde niña, y cambiándose a toda velocidad entre canción y canción. Las piezas duran poco (“Too Easy”, el primer single, se queda por debajo de los dos minutos), se encadenan sin silencio y el disco entero se oye como una sesión, cosa que tiene sentido en alguien que en abril pinchó en Coachella como DJ. “Sunglasses” abre con producción de Arca y Machinedrum, un bajo gordo y fragmentos de voz granulados que tardan un rato en ordenarse mientras ella canta “there’s a billion of us, but there’s only one of me”. “Melatonin” se construye entera sobre un bucle de su propia voz, cortado, bajado de tono y recolocado en cada sección hasta que la canción parece un remix de sí misma, con unos sintetizadores de acid house asomando al final. Luego desfilan los trajes: el crunk sureño y el R&B de los 2000 en “Crash Out”, el R&B de los noventa con pianos de banda sonora de anime en “Pillow Fight”, el bajo de chicle y los coros robóticos de “Nobody Wanna Dance Anymore”, el UK bass de “Twentyfive Eight”. Debajo de todos ellos se reconoce el patrón: la Britney de “Blackout” (2007), el disco que inventó el pop de club frío y procesado que hoy hacen Charli xcx o FKA twigs, y Kelela cuando el tempo baja.

Tinashe produce sus propias voces y las usa menos para decir cosas que como un material más que cortar y apilar, y por eso la canción en la que por fin habla claro pesa tanto. En el tema titular, sobre coros amontonados a lo Imogen Heap, confiesa que lo que ha conseguido le parece más hueco de lo que había imaginado desde las gradas. El cierre, “Heavy Weight”, apaga la batería y los sintetizadores y la deja con una guitarra acústica, reconociendo que ha sido demasiado orgullosa, y durante tres minutos el estadio vuelve a sonar vacío. El disco tiene canciones a medio hacer y transiciones que cortan antes de tiempo, y esa prisa es su defecto pero también su rasgo más característico: suena a alguien que ha esperado tres años a que un sello publicara un disco y que, ahora que las luces están encendidas, no está dispuesta a esperar ni treinta segundos.


Disfruta del 100% de las ventajas de SMUSIC haciéndote cliente Santander aquí